La vida ajetreada en el Casco Antiguo de Badajoz y, por extensión, en
la de los demás barrios de la ciudad, está repleta de pequeños
rituales, los más de ellos sociales y el resto, religiosos, actos que
repetimos con asiduidad, siempre que vamos con tiempo holgado, desde
hace años y en los que, muchas veces, participamos como por obligación
o somos testigos de ellos. Y me estoy refiriendo a rituales tan
cotidianos y gratos como comprar el pan en la panadería de la esquina y
estar al loro del comadreo del día, el periódico en el kiosco de la
plaza y comentar las noticias calentitas con los que te rodean, hacer
una visita a la Patrona, Ntra. Sra. de la Soledad, en su remozada
Ermita, bien desde la plazuela o en su interior, o al Santísimo
Sacramento, expuesto permanentemente en el convento de las Descalzas
--por cierto, a punto de abrirse al público después de largo tiempo
cerrado por obras de restauración de sus altares--, hacer tertulia
amigablemente con Lola Martínez en su tienda de tejidos y confecciones,
después de leer el chiste del día en el escaparate, con Paco Medrano,
en la suya de El Globo, con Fini Real y su hijo Sergio en Casa Espada,
rodeados de juguetes y regalos, con Julio Campano, en su juguetería,
con algunos escritores y bohemios locales en el decimonónico salón del
Gran Café Victoria..., observar las reuniones de los patriarcas
gitanos, sentados en la plaza de España, tomarnos el imprescindible
aperitivo de mediodía con los amigos en los incontables locales
hosteleros de la zona, etc. Sin olvidarme de las sonadas bodas, civiles
o religiosas, todos los sábados y domingos, en el Palacio Municipal o
en la Catedral de San Juan, respectivamente.