26 de Septiembre, 2006
Mi amigo Cipri
Mi amigo Cipri, por si no lo sabéis, es maestro de escuela. Aunque en
los últimos tiempos está dando clase a los zagales y yogurines del
Instituto Bárbara de Braganza, en Pardaleras. Y lo suyo son las
Matemáticas desde que hace casi tres décadas concidimos, con otros
excelentes compañeros, en el colegio Juventud. Mi amigo Cipri
trata de meter las Mates entre ceja y ceja de nuestros muchachinos,
pero de manera divertida y original. Que lo suyo es contar, medir y
pesar todo lo que ve a su alrededor, el mundo y la vida tal cual. Que
dice el profe que las Matemáticas están en la vida misma. Que son la
vida misma. Que sólo hay que mirar y prestar atención. Mi amigo
Cipri anda liado últimamente, parece que con la cuadratura del círculo.
No sé si le darán el Premio Nobel de Matemáticas, pero todo se andará.
Mi amigo Cipri, sacando tiempo de no se sabe dónde, se preocupa de
enseñar a otros profesores las cosas de las Matemáticas y forma parte
de la Federación Española de Sociedades de Profesores de Matemáticas y
de su Servicio de Publicaciones, del que es secretario, además, claro,
de la Sociedad Extremeña de Educación Matemática "Ventura Reyes
Prósper". Hombre inquieto, siempre ha estado metido en proyectos e
investigaciones sobre la materia, como una que recuerdo gratamente,
titulada Instrumentos y unidades de medida tradicionales en Extremadura,
en el que tuve el honor de colaborar. Tuvo un éxito extraordinario, con
premios y distinciones por un tubo, y la Exposición que se montó al
final recorrería media España y algunos lugares de Europa. Mi amigo
Cipri, por si fuera poco, es un manitas y un hacha en Aeromodelismo.
Que le dan unas tablillas, una sierra de marquetería y un bote de cola
y te saca un avión a escala, haciéndolo volar y todo, con motor o sin
él. Y todo esto lo viene enseñando a sus alumnos desde que lo conozco,
de cuando los tiempos de Adolfo Suárez y "Libertad sin ira", que ya ha
llovido, ya.
Mi amigo Cipri, además, siempre me ha caido bien desde que nos
conocemos: me llama siempre Peter y cada vez que sacan un libro de los
suyos, lo primero que hace es enviarme un ejemplar. Siguiendo una nueva
obra de misericordia laica que está arraigando por estos lares: Dar un
libro al que lo ha de menester. Como el que me ha llegado esta mañana
por correo, recién salido del horno: ¿Es posible viajar con las Matemáticas?, del Grupo Vilatzara (Badajoz, 2006). Y antes de leerlo ya digo que sí, para sacar nota. Pero
mi amigo Cipri tiene un defecto, sólo uno. Y es que, de vez en cuando
desaparece del mapa, se pierde por esas carreteras de Dios y no está ni
se le espera. Y es que es de Helechosa de los Montes, en la Siberia
extremeña, haciendo esquina con las provincias de Cáceres, Toledo y
Ciudad Real y rodeado por el fantástico embalse del Cíjara. Y allá que
se va con la parienta y, si pueden, con sus dos buenos mozos. Dice que
va a airear su casa solariega, pero a mí me da que se va a descansar
del mundanal ruido y, de paso y según las épocas, a ponerse tupío de
vino de pitarra con morcillas "del cura", chorizos "malditos" y
pestorejos en adobo. Y de salmorejo de peces de río asados a la brasa y
guisados con cebolla y vinagre. Y, si el cuerpo aguanta, que aguanta,
de "trabado" con pringue y torreznos y de gazpacho de la tierra, el ajo
blanco, "rico" o "pobre" según lleve nalgas de conejo asado, ancas de
rana o peces asados. Mi amigo Cipri es Cipriano Sánchez Pesquero.
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La caída de la hoja
Llegó el Otoño a Badajoz y, como si estuviera todo predeterminado, las
hojas de los árboles de nuestros parques y jardines, plazas y avenidas,
que están empezando a quedarse sin hojas. Se está cerrando el ciclo
biológico de los vegetales por estos pagos y las hojas de nuestros
árboles, resecas y amarillentas, están alfombrando los bulevares y los
paseos, las calles y las plazas de la ciudad. Y ya hay movimiento en el
Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento pacense, con operarios
y máquinas recogiendo la hojarasca del suelo. Este mediodía, al pasar
por San Francisco, que me veo a una cuadrilla de diez operarios de la
concejala verde, Cristina Suárez-Bárcenas, al lado de un camión y una
furgoneta, barriendo y echando las hojas caídas en unos enormes canastos
y de ahí, a los vehículos. La estampa parecía sacada de la vendimia en
las viñas colindantes a Badajoz, así como en la comarca vinícola por
excelencia de Extremadura, Tierra de Barros. Lástima que no estuviera
ningún pintor o fotógrafo local para reflejar la escena, que también
tiene su encanto. Pero había algunos matices que comentar. A un lado de
los vehículos los currantes verdes, barre que te barre, llenando cestos
y echándolos a los camiones. Eso sí, sudando la gota gorda y con las
camisolas empapadas de sudor. Y al otro, cuatro operarios de edad,
entrados en carnes, y alguno con un bastón, de palique y compadreo. Y
nada de camisas sudadas ni sucias, relucientes. ¡Tate, los jefes y
jefecillos del Servicio!
UNA LIMUSINA CON ATAUD
Pero es que reinicio mi marcha y al final de la calle Larga, en las
traseras de Zara, pero junto al paso de peatones que da a Hacienda, que
me veo como aparca una limusina azul, una imponente Mercedes Benz, ¡con
un ataúd de pino dentro, pero sin fiambre ni coronas! Toco madera y veo que es de la
Funeraria Correa, uno de cuyos conductores había aparcado allí tranquilamente para recoger
la documentación en la oficina de la empresa, con entrada por la calle
Menacho. Y me olvido de las hojas caídas, de los operarios verdes, de
sus jefes y jefecillos y de la madre que los parió. Y mis recuerdos se
van para un paisano o paisana que acaba de decir adiós a este valle de
lágrimas, un convecino al que se le han caído, por cierto, todas las
hojas en este comienzo de Otoño del año del Señor de 2006.Que la tierra te sea leve, hermano.
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Rituales cotidianos en el Casco Antiguo
La vida ajetreada en el Casco Antiguo de Badajoz y, por extensión, en
la de los demás barrios de la ciudad, está repleta de pequeños
rituales, los más de ellos sociales y el resto, religiosos, actos que
repetimos con asiduidad, siempre que vamos con tiempo holgado, desde
hace años y en los que, muchas veces, participamos como por obligación
o somos testigos de ellos. Y me estoy refiriendo a rituales tan
cotidianos y gratos como comprar el pan en la panadería de la esquina y
estar al loro del comadreo del día, el periódico en el kiosco de la
plaza y comentar las noticias calentitas con los que te rodean, hacer
una visita a la Patrona, Ntra. Sra. de la Soledad, en su remozada
Ermita, bien desde la plazuela o en su interior, o al Santísimo
Sacramento, expuesto permanentemente en el convento de las Descalzas
--por cierto, a punto de abrirse al público después de largo tiempo
cerrado por obras de restauración de sus altares--, hacer tertulia
amigablemente con Lola Martínez en su tienda de tejidos y confecciones,
después de leer el chiste del día en el escaparate, con Paco Medrano,
en la suya de El Globo, con Fini Real y su hijo Sergio en Casa Espada,
rodeados de juguetes y regalos, con Julio Campano, en su juguetería,
con algunos escritores y bohemios locales en el decimonónico salón del
Gran Café Victoria..., observar las reuniones de los patriarcas
gitanos, sentados en la plaza de España, tomarnos el imprescindible
aperitivo de mediodía con los amigos en los incontables locales
hosteleros de la zona, etc. Sin olvidarme de las sonadas bodas, civiles
o religiosas, todos los sábados y domingos, en el Palacio Municipal o
en la Catedral de San Juan, respectivamente.
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