¿Me miran ustedes a la niña, que voy a por tabaco?

Por El Avisador - 28 de Agosto, 2006, 22:16, Categoría: General

Los que pasamos nuestras vacaciones a la orilla del mar, en mi caso, en la playa onubense de La Antilla, tenemos tiempo, además del chapuzón, las lecturas y los paseos, a contemplar desde la primera línea, bajo nuestra sombrilla, el paisaje y el paisanaje. Con cientos de veraneantes dispuestos, a modo de gigantesco anfiteatro, cara al mar, los barquitos y los peces. Damas y caballeros, niños y jubilatas, mozuelos y yogurines, allí están todos los que tienen que estar, tomando el sol hasta tostarse, dando palique a los amigos o jugando con las olas, buscando conchas y haciendo castillos en la arena. Y desde mi observatorio, tiempo para admirar un espléndido desfile, si no de modelos de la pasarela Cibeles, sí de una gran variedad de ejemplares de nuestra especie. En bañador, en bikini o en tanga –que aquí hay de todo, como en botica--, exhibiendo su atractivo las tías buenas y macizas y los jóvenes atléticos y musculosos, así como los integrantes de la Tercera, la Cuarta y la Quinta Edades, con su vejez a cuestas, por quienes los años no pasan en balde, pero haciéndolo con mucha dignidad y decoro. Y como entre col y col, lechuga, también se dejan ver, orilla arriba, orilla abajo, los clásicos viejos verdes, con sus gorras y gafas de cegatos de mentirijilla, centrando su atención en los escotes y los traseros de las señoras y señoritas. De todas, a pesar del peligro de tortículis que ello conlleva. ¡Vaya jeta la de estos mirones celtibéricos, especie todavía floreciente por nuestras playas! ¿Y por qué no se van a la Antártida, que allí tienen miles de ocasiones para contemplar desnudas a las orondas hembras de los... leones marinos? Pero los especímenes playeros santos de mi devoción son los horteras. Esos que no tienen complejo alguno y van como farraguas por la playa o la avenida, paseando sus barrigas cerveceras  y sus bermudas de colorines delante de nuestras propias narices, con sus cadenas de oro macizo al cuello, relojazos en la muñeca, zapatillas de deportes y calcetines blancos hasta media pierna. Auténticos cromos. De película de Berlanga.
Asimismo, entre los muchos personajes que pululan por el anfiteatro de aquí para allá, cargados con sus mercancías, hay que mencionar a los clásicos vendedores hispanoamericanos de cervezas, refrescos, chucherías y camarones frescos, que te los llevan a tu sombrilla previo pago de su importe. Y a los incansables trotacaminos africanos del “barato, barato”, con artículos y cacharros de lo más inverosímil salidos de los bazares populares. Y ya cuando el día declina y hasta bien entrada noche –que la poli anda cerca--, es frecuente la estampa de los buscadores de “tesoros”, provistos de sus detectores de metal, rastreando la playa en busca de los euros o los anillos y otras joyas olvidados por el personal en la arena.
Y como sería injusto olvidarlas, tengo que reseñar la presencia regular de bandadas de avecillas junto a la orilla, picoteando aquí y allá, cuando el gentío abandona sus posiciones camino del almuerzo en el chiringuito cercano o en sus apartamentos. ¿Cigüeñuelas? ¿Avocetas? ¿Chorlitejos? ¿Gaviotas? ¿Alcatraces? ¿Charranes árticos? ¡Pues nada de nada! ¡Gorriatos! Sí, nuestros populares y queridos gorriones, que han colonizado también las orillas de esta playa en busca de las migajas que les dejan los bocatas, las pipas y otros comistrajos.
 
¿ME MIRAN USTEDES A LA NIÑA?
Y como estamos donde estamos, el “barrio” marítimo de Badajoz, cada día tenemos que saludar a paisanos, amigos y conocidos. O viene alguien y nos interpela para cosas insólitas, como ésta:
--¿Me miran ustedes a la niña, que voy a por tabaco?
Tal era la sorprendente propuesta que nos hizo un día una joven madre que tenía su sombrilla detrás de la nuestra, con su pequeña hija cogiendo conchas junto al mar. Nos la dejaba unos minutillos mientras ella iba a comprar tabaco al chiringuito cercano. Sin conocernos de nada. Como quien deja al perrito.
Y ahí nos tenéis al que suscribe y a su parienta como abuelos adoptivos, sin perder de vista a su nueva “nieta”, Cristina, una niña de Lepe de algo más de seis años, un encanto de criatura que, según sus palabras, había sacado sobresaliente en el primer trimestre. Y el caso es que, al regreso, la señora madre ni se molestó en darnos las gracias. ¡Cristina bonita, espabila, encomiéndate a tu ángel de la guarda, que con madres modernas como la tuya te puede pasar de todo!



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