Ahora que varios millones de españolitos corren que se las pelan por esas carreteras de Dios --con el carné por puntos como si fuera un tesoro en la cartera y con el radar de los picoletos esperando tras una curva--, para regresar de las vacaciones, al tiempo de cruzarse con otros tantos que salen ansiosos de disfrutarlas, es hora de hablar bien de los que buscan sol y playa, además de otras delicias paisajísticas,
gastronómicas, festivas y culturales. Porque, del Rey abajo, pasando por el baranda del Gobierno, son legión los que en España buscan ansiosamente las playas de nuestros cuatro puntos cardinales para pasar sus vacaciones. Que todavía siguen teniendo tirón popular y VIPeriano pasarlas junto al mar y los peces. Veraneo multitudinario, donde los nativos se entremezclan con los muchos guiris que nos visitan para ponerse como el Quico de sol, pescaítos, gazpacho, tortilla y vino tinto. Como en la playa onubense de La Antilla, en el suroeste atlántico, estratégicamente situada a 275 kilómetros de Badajoz por las sierras del SO, a 45 de Huelva, a 125 de Sevilla y a unos 30 de Vila Real de Santo Antonio, en Portugal, entrada a la región del Algarve, emporio turístico lusitano. Playa tomada, junto a otras de la Costa de la Luz, como suya por los extremeños desde las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, especialmente por los badajocenses, que la han convertido en su “barrio
marítimo”. Y por gentes de todo tipo y condición, que aprovechan las quincenas o los largos puentes vacacionales para asentar aquí sus sombrillas y sus toallas: profesores, médicos, curas, periodistas, políticos, pequeños empresarios, empleados y dependientes, pandillas de amigos, etc. De unos 15 kilómetros de longitud y de unos 55 metros de anchura, ubicada entre las de Islantilla, a estribor, y Nueva Umbría, a babor, sus arenas blancas y limpias y sus aguas tranquilas atraen cada año, especialmente en el mes de agosto, a miles de veraneantes de todos los puntos del país, destacando los extremeños, los sevillanos, los onubenses y, dada su proximidad, los portugueses. La Antilla, erigida por estas fechas en una pequeña ciudad residencial y de servicios turísticos, pasa de los 2.500 habitantes/mes el resto del año a los 60.000 en julio y los 75.000 en agosto. A 6 kilómetros de Lepe --pueblo emprendedor como pocos, donde no hay paro que valga-- y a otros tantos del puerto de
El Terrón, aquí se pueden degustar los productos del lugar, tanto marítimos –coquinas, gambas, sardinas, chocos, atunes...—como de la huerta –fresas y fresones, higos, melones, naranjas, melocotones...--, sin que falten sus afamados dulces caseros: los pasteles de coca, la torta, los de cidra con almendras, las perrunillas y los dulces de calabaza. Ahora bien, tal como se están poniendo las cosas, para ir a la plaza, donde también puede uno adquirir los productos ibéricos de Jabugo, hay que llevarse la visa, la cartilla y un pastón en dinero “suelto” por si acaso.
EL LUGAR DE LAS HORAS FELICES
La Antilla, bautizada certeramente en 1963 como “el lugar de las horas felices” por el que fuera cronista y publicista lepero, Manuel González Oria, ya fallecido, es una playa familiar y tranquila donde las haya, aunque cada vez más agobiada por el número de
veraneantes. Lugar donde se te pierde un niño y te aparecen dos al rato, el tuyo con un amigo o amiga reciente. Aunque La Antilla no tiene el glamour de Marbella ni los cien personajes VIP y jetas por la cara por metro cuadrado de no hace mucho –que ahora hay menos, con sus últimos alcaldes, concejales y otros “malayos” en la cárcel--, ni puñetera falta que hace. Sin embargo, puedes toparte con naturalidad, al lado mismo de tu sombrilla, con personajes como Manuel Chaves, baranda de la Junta de Andalucía –tomando el sol y leyendo algún libro, rodeado, eso sí, por su guardia pretoriana en pantalón corto y con el coche oficial siempre con el motor en marcha— o con el popular Guillermo Summers, en tiempos humorista y presentador de la tele y personaje muy querido de Lepe y su comarca, lo mismo que su hermano Manolo, cineasta, el que fuera director de “Del rosa al amarillo”, ya desaparecido.
En La Antilla se siguen contando chistes de leperos a diestro y siniestro, esos personajes cazurros e ingeniosos a un tiempo, que, con sus paridas, nos hacen sonreir siempre. Y, lo que es bueno, las antologías de sus chistes –unos, de aquí, y otros, apócrifos—se venden como rosquillas en las dos librerías del lugar.
Lepe y su playa,
en fin, es tierra de María Santísima, donde se profesa una extraordinaria devoción a su patrona, Nuestra Señora de la Bella –La Bella, como familiarmente se la conoce--, a quien la festejan ruidosamente dos veces al año, el 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen, y el segundo fin de semana de mayo, con una espectacular romería en su ermita de El Terrón. Sin olvidarnos de Nuestra Señora del Carmen, la patrona de los marineros, a quien se festeja en La Antilla el 16 de julio, y a San Roque, el patrón lepero, cuya fiesta se celebra el 16 de agosto, un día después de La Bella, con la zona repleta de veraneantes con ganas de marcha.