Eran las cinco de la tarde cuando el que suscribe salía de nuevo a la
calle y a pecho descubierto. Y con la que estaba cayendo, solo ante el
peligro, como el bueno de Gary Cooper. Había que rematar la visita al
doctor Castaño, mi nuevo urólogo de cabecera. Así que, después de
despedirme de la patronal, pertrechado con mi macuto en bandolera y en
la derecha el revólver..., digo, el botellín de agua, me apresto a
jugarme nuevamente los cuartos. Las calles de Santa Marina, casi
solitarias, algunos coches que van echando leches. Y la gente, que se
ha puesto a salvo en el saloon..., digo, en la cercana heladería Los
Valencianos. Pasan unos minutos de las cinco y el reloj de la esquina
marca... ¡44 grados! Paso por la plaza de Alféreces, y desierta. Ni un
indio. Sólo un grupo de portugueses que, con más valor que el Antoñito
Ferrera, descansa charlando despaciosamente en uno de los veladores.
Con
la papela refinitiva y con la sonrisa de oreja a oreja, tras
refrigerarme en la cercana joyería de Julio Corrales, que tomo el
camino de regreso a la Casa de la pradera. Y al pasar por la
encrucijada, nuevo alto en el camino, desenfundando de nuevo la
botella. Hay que armarse de valor, reponer energías, que el maldito
reloj callejero marca, ahora que son las seis..., ¡45 grados! ¡Sí, lo
he puesto bien, un 4 y un 5 juntos! ¡La temperatura más alta que uno
haya visto en Badajoz!
De
nuevo en mi refugio, sin dejar de mirar por todas partes, con la
botella siempre dispuesta, veo en lontananza, hacia Poniente, cómo el
cielo se está oscureciendo. Un ligero aire fresco está envolviendo la
ciudad. Y son las siete de la tarde cuando el reloj ha comenzado a dar
señales de cordura: 43 grados. Son cerca de las ocho y han caído unas
gotas. El tiempo parece revuelto, hay ventolera y a mí me da que esta
noche tendremos tormenta.
Señoras y señores, mozuelos y yogurines, una abrasadora ola de calor ha pasado por Badajoz. Y, así, hasta la próxima...