Rocío Jurado: Crónica de una muerte anunciada
 Ahora
que Mayo agoniza, a falta de tres días apenas para que llegue Junio,
muchos españoles, entre los que me incluyo, estamos asistiendo,
atónitos, a la crónica de una muerte anunciada: la de la simpar
tonadillera Rocío Jurado --María del Rocío Trinidad Mohedano Jurado,
Chipiona (Cádiz)--, una de las más grandes intérpretes que ha dado la
canción española. Su vida y su voz parece que se apagan, rodeada de
miles de flashes, noticias y reportajes en los medios del corazón, en
la prensa del papel couché. Que no hay telediario en España que no
arranque y cierre con noticias sobre su estado. Con decenas de
periodistas y fotógrafos apostados en las cercanías de su casa
madrileña. Y la gente, con morbo y delectación, pegada a los programas
rosinegros de nuestras teles, siguiendo la evolución de su cáncer
hepático al minuto, ahora en fase terminal. Que no hay asunto más
trascendente que éste en España. Y al obsceno circo se han sumado todos
los que no tienen cosas más importantes que hacer, como nuestra ínclita
ministra de Cultura, haciendo de médico agorero sin que nadie se lo
pidiera, que más le hubiera valido estar callada. ¡Vuelve la España
cañí, la España de la charanga y la pandereta, la España folkórica, la
del morbo y el chismorreo! ¡Ni que se estuviera muriendo la Reina de
España, a quien Dios guarde!
LOS OTROS Y,
mientras, en el silencio de sus habitaciones o en el hospital más
cercano, incontables españoles se está muriendo del mismo y terrible
mal, sin ruidos ni alharacas, sin dar tres cuartos al pregonero. Entre
el dolor y las lágrimas de sus más allegados, de sus familiares y
amigos. Sólo entre cuatro paredes, esperando una muerte digna, sin
airear al mundo mundial falsas esperanzas. Sin tener a los mass media
a la puerta de sus casas. Son los otros. Gentes anónimas, casi
desconocidas, que, de manera ejemplar están afrontando la llegada de la
muerte, el final de sus vidas, rodeados de la paz, la tranquilidad y la
cercanía de los suyos.
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