
Este domingo, junto al HOY se entrega otro librillo --y van seis de diez, claro que previo pago de un machacante-- de la Biblioteca Menor de cuentos, leyendas y versos para recitar, que edita el periódico extremeño y patrocina la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, titulado Cuentos originales, (Badajoz, Indugrafic, 2006), del celebérrimo escritor francés Charles Perrault, autor de cuentos popularísimos como Caperucita Roja, La Bella durmiente, El Gato con botas, La Cenicienta y Pulgarcito. Charles
Perrault nació el 12 enero de 1628 en París. Su familia, originaria de
la ciudad de Tours pero establecida ahora en París, pertenecía a la
alta burguesía de toga. Charles Perrault fue un estudiante brillante:
estudió literatura en el colegio de Beauvais en Paris, se diplomó en
Derecho y se inscribió en el colegio de abogados en 1651.
Alto
funcionario y protegido de Colbert, publicó obras de género galante y
parodias antes de decantarse por los Modernos frente a los partidarios
de la Antigüedad de la Academia Francesa, de la que fue miembro desde
1671. Su polémico poema El Siglo de Luis el Grande (1687), así como su Paralelo de los Antiguos y los Modernos
(entre 1688 y 1692), muy criticados por Boileau, presentaron y
codificaron sus argumentos: critica del principio de autoridad y
afirmación de que el progreso es posible gracias tanto a las artes como
a las ciencias.
Con sus Historias o Cuentos de antaño (también llamados Cuentos de mi madre la Oca,
1697) consiguiría gran fama, inaugurando el género literario de los
cuentos de hadas. Charles Perrault moriría en París el 16 de mayo de
1703.
Los cuentos
de Perrault gustaron mucho en su época, pero ni él mismo pudo imaginar
que sus historias, a veces crueles --Caperucita es engullida por el
lobo--, dirigidas en principio a los adultos, con finales en forma de
moralejas, llegarían a perdurar a través de los siglos. Con títulos tan
populares y extendidos por todo el mundo como La Bella durmiente del bosque, Barba Azul, Caperucita Roja, Riquete el del copete, El Gato con botas, La Cenicienta y Pulgarcito. .
Como adelanto, para conocer el estilo de Charles Perrault, vaya uno de sus cuentos más universales, Caperucita Roja:
CAPERUCITA ROJA
Había
una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera
visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más
todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y
le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.
—Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.
Caperucita
Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al
pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas
ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban
por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía
que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
—Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
—¿Vive muy lejos?, le dijo el lobo.
—¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.
—Pues
bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré por este
camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El
lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto
y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas,
en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que
encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea:
Toc, toc.
—¿Quién es?
—Es
su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo, disfrazando la voz, le traigo
una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
El
lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena
mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no
comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la
abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a
golpear la puerta: Toc, toc.
—¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
—Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:
—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Caperucita
Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le
dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:
—Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita
Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la
forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:
—Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
—Es para abrazarte mejor, hija mía.
—Abuela, ¡qué piernas tan grandes tienes!
—Es para correr mejor, hija mía.
Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!
—Es para oír mejor, hija mía.
—Abuela, ¡que ojos tan grandes tienes!
—Es para ver mejor, hija mía.
—Abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!
—¡Para comerte mejor!
Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.
MORALEJA
Aquí vemos que la adolescencia,
en especial las señoritas, bien hechas, amables y bonitas no deben a cualquiera oír con complacencia, y no resulta causa de extrañeza ver que muchas del lobo son la presa. Y digo el lobo, pues bajo su envoltura no todos son de igual calaña: Los hay con no poca maña, silenciosos, sin odio ni amargura, que en secreto, pacientes, con dulzura van a la siga de las damiselas hasta las casas y en las callejuelas; más, bien sabemos que los zalameros entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.