López, el poeta de lo cotidiano

Por El Avisador - 24 de Mayo, 2006, 16:21, Categoría: General

Mi amigo Manolo es poeta en sus ratos libres. Poeta de lo menudo, de lo cotidiano, de las pequñas cosas que pasan, de esos temas y asuntos que sólo interesan a la gente rarita, los locos, a los niños y a los poetas. Pero Manolo tiene un problema. Y es que sus apellidos no son de ringorrango ni viene de marqueses, condes, duques y grandes de España, que le llaman López a secas, como a todo el mundo, y así no se puede llegar al Parnaso y que te digan:
--¡A ver, el poeta López, que pase!
Nadie miraría, salvo que nombren a Quevedo, Lope de Vega, Alberti, Bécquer, García Lorca, Machado, Espronceda, Coronado, Guillén, Neruda, Darío, Álvarez Lencero, Pacheco, Delgado Valhondo...
Pero es que, además, su segundo apellido no es Vargas-Zúñiga, Álvarez de Portocarrero, Espinosa de los Monteros, Fitz-James Stuart y Silva o algo parecido. Que tiene el vulgarísimo y repetidísimo de García, el que tienen casi todos los españoles. Y, así, claro, no se puede destacar, llamar la atención, vender miles de libros y que te lean.
Pero el tal López escribe con sencillez apabullante, como los ángeles, con esa prosa poética que Dios le ha dado y que hace la delicia de los que buscan serenidad, quietud, relajación. No es que vaya para premio Nobel de Literatura la criatura, no, pero os recomiendo la lectura de sus breves textos cuando estéis agobiados, perdidos en el tráfago de la vida supermoderna. O cuando los panfletos del Avisador os pongan de los nervios. Para entrar en su blog, marcad http://blogs.hoy.es/ManoloLopez. Y aquí tenéis una muestra: "Niños soñando palomas"

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Niños soñando palomas





Castelar, el parque, tarde de domingo. Cientos de ojos de niños persiguen palomas revoltosas que buscan gusanitos en pacífica y parsimoniosa convivencia con decenas de patos patosos, cuá, cuá. Agua, chapoteo de patos, revoloteo de palomas al tropel de los niños que están seguros de que ahora sí lograrán cazar una. Decenas de plumas revolotean en la estampida formidable de tres palomas atontadas que no se dieron cuenta hasta muy tarde de la presencia de tres niños cazadores de palomas. Ni Picasso podría soñar una escena semejante en Castelar. Un abuelete con gorra vende bolsas de gusanitos a sesenta céntimos. Las palomas se agolpan ante los niños esperando a que estos abran las bolsas y derramen al suelo la preciosa carga. En sus carreras los niños se mezclan con palomas a trompicones, con los patos, con triciclos, con cochecitos. Uno se empeñar en llegar hasta las narices del grifo en la fuente y se pone perdido de agua y de barro. Otro se quita la gorra. Otro se chupa un dedo y un tercero se mete el dedo en la nariz, buscándose. Una niña minúscula con gafas, como las de los cuentos, luce sus piernitas delgadísimas y blancas como la leche. Un perrazo de considerable tamaño asusta a los presentes y un perro minúsculo le desafía en una esquina del parque, lejos de los niños, guau-guau. No hay vigilantes ni control alguno y ya se han recogido los pavos reales. Empieza a hacer frío y comienza el desfile de niños al tiempo que las palomas se arrutan y hacen amago de retirarse a sus palomares. Al término del día, rotos y agotados por el peso del día y las carreras, cuando empiezan a entornársele los ojos a estas decenas de locos bajitos, las palomas revolotean otra vez, ahora en sus mentes. Los niños duermen soñando. Rubén duerme soñando palomas y en sueños echa al aire sus manitas buscándolas. Los barrotes de su cuna se han llenado de palomas que le miran y le guardan en hermoso silencio.

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