Isidros en Tres Arroyos, 50 años después
El pasado domingo se celebró en Badajoz, aunque con una semana de
retraso, la romería en honor de San Isidro Labrador, patrón de los
campos españoles y de las gentes con oficios y profesiones ligados al
campo y la cabaña. Todo un acontecimiento en la menuda historia local,
teniendo en cuenta que se cumplían 50 años justos de la primera romería
en los predios de Tres Arroyos (1956). Así que había que estar
presentes para celebrarlo festivamente y, de paso, contarlo. Con que,
en una mañana calurosa pero fresca a un tiempo, cogimos el morral y la
cámara y nos plantamos en un santiamén, carretera de Corte de Peleas
adelante, después de recorrer plácidamente los cinco kilómetros que nos
separaban de la Ermita. Poquísima circulación antes de las doce, sólo
caminantes llevando a cuestas macutos y bolsas, aparatos de música,
etc. Incluso vimos a un mozuelo llevando a rastras... ¡una nevera
portátil sobre un patinete! Y
lo primero que vemos es que los terrenos que circundan a la Ermita
están vallados. Que se ha delimitado la propiedad municipal de la del
resto de propietarios y de la cañada real (¡) que corre a su vera. La
pequeña Ermita, tras los últimos arreglos, aparece más atractiva y
rústica que nunca. Todo brillante, recién pintada, con paneles
explicativos y las enseñas de España y de Extremadura ondeando a la
entrada, y en el campanario una enorme cartela, con una enorme efigie
del Santo en el centro, con una leyenda que dice: "Romería de San
Isidro Labrador (1956-2006). 50º Aniversario". Y, como remate, los
escudos de la Hermandad y del Ayuntamiento de Badajoz. Son las doce de
la mañana e, incomprensiblemente, la misa mayor no ha empezado. Y en el
atrio vemos al alcalde de la ciudad, Miguel Celdrán, y al arzobispo,
Santiago García Aracil, hablando tranquilamente. Y gente en su
derredor, con sus típicos lazos al cuello, pañuelos verdes, gorras
camperas y pamelas, bastantes de ellas acopladas bajo las cinco carpas
blancas dispuestas para las autoridades, hermanos e invitados en
general. Entre los que pude divisar a los concejales Alejandro del
Molino y Cristina Herrera, el hermano mayor, Rafael Crespo, el capitán
de la Guardia Civil y otras representaciones. El frescor del día va a
ser determinante para que la jornada transcurra sin estos agobios
preveraniegos. Y lo primero que me llama la atención, cuando a las
12,15 horas da comienzo la misa, es que hay menos gente que de
costumbre. No con los agobios de años atrás, en que no se cabía en el
atrio y sus alrededores. ¡Y el ambiente tranquilo y silencioso que se
respiraba! ¡Qué paz, qué tranquilidad! ¿Pero qué pasa aquí hoy? Y,
claro, oteando en la lejanía, en dirección al Parque, más allá de la
carretera, encuentro el motivo: ¡no había ferias ni cacharritos,
mercadillos ni discotecas ambulantes! ¡Que los más viejos del lugar ya
no se acordaban de una misa tan mística! Que me lo dice muy clarito Domingo, uno de los veteranos vocales de la
Hermandad: --¿No es ésto una Romería? ¡Pues eso! --Lo que usted diga, don Domingo. La
misa, oficiada por el señor arzobispo, auxiliado por los sacerdotes
Pedro Fernández Amo, su secretario particular, y José Carracedo,
párroco de San Pedro de Alcántara, parroquia pacense de quien dependen
los predios de San Isidro, estuvo cantada en extremeño. Y de ello se
encargarían los animosos componentes de los Coros y Danzas Extremadura,
de Badajoz, que marcarían el ambiente típicamente regionalista de la
jornada. Con sus guitarras, laúdes, acordeones, tamboriles, almireces y
castañuelas.Y en este punto es de justicia destacar la formidable
actuación del Grupo, donde eran visibles tres generaciones de mozos y
mozas. La mayor, formada por gentes con veinte años de experiencia en
estos menesteres, divulgando los bailes, las danzas, las músicas y los
cantos extremeños por todo el mundo, como Andrés Lope, incansable con
su cámara, Rafina García del Amo, con su inseparable bota de vino de
Feria, Rosalina Alonso, con sus voces, y Ángel Galea, el director de la
agrupación, con sus letras y sus partituras. Que luego había dos
secciones más, una de jóvenes y otra de adolescentes. Y todos bailando
y cantando divinamente. Terminada
la función, que vemos como un poeta de San Roque, Andrés Vázquez
Rosales le llaman, con 76 tacos, agarra el micro y empieza a largar una
poesía de las suyas al Santo:
Todos estamos celebrando al cumplir el medio siglo fundándose en su Hermandad el patrón de San Isidro. Queremos estar junto a ti, queremos estar contigo, en la misa y procesión, todos juntos en el cortijo. Alrededor de la Ermita y por todo el encinar beben y bailan los
mozos alegres en el lugar. .....................
Iba
a seguir el poeta, que tenía otra larga poesía más que recitar, cuando
el hermano mayor le tiene que quitar el micro --de buenas maneras,
claro--, porque se iba a organizar la procesión y no había tiempo que
perder. Lo que aprovecho para hablar con don Andrés, felicitarle y
pedirle una copia de sus cantares.
LA PROCESIÓN Con un fresco
que se agradecía, iniciaban el cortejo nueve caballistas, a los que
seguía el espléndido estandarte --también con 50 años de historia--,
rodeado de media docena de chiquininos y chiquininas vestidos al estilo
tradicional. Y como la jornada era para recordarla, que tomo los
nombres de la chavalería y allí estaban las más pequeñines, Silvia, de
un año y medio y Lydia..., ¡una chinita de dos! ¡Qué monadas de
criaturas, si no abultaban un palmo las dos! Y, claro, mis dos
nieteceillas, Laura y Clara, que su abuela, la señá Pili, les había
buscado en el arcón los antiguos trajes de fiesta que conserva la
familia. Y,
a continuación, en filas y en grupos, los de los Coros y Danzas, que no
dejaron de cantar y bailar por el camino aires tan conocidos como El
Fandango extremeño, La uva, El redoble, El triángulo, la Jota de
Guadalupe, la Jota de la Siberia, Los piquitos, el Fandango de
Alburquerque y tantas otras. Y, tras ellos, San Isidro, en su trono de
espigas y flores, llevado en andas por 12 porteadores fornidos. Talla
en madera de nogal, de autor desconocido, que preside su altar y que
pesa lo que no está escrito. Y vengan vivas al Santo y aplausos a su
paso. La procesión, concentrada en toda su extensión, en la
carretera, era digna de verse. Y mi máquina, sin descanso. Que las
vistas eran extraordinarias, en plena dehesa extremeña, rodeados como
estábamos de encinas, alcornoques y matorral. Y allí tiene lugar un
cambio en los porteadores: entran 16 mujeres, gentes de la Hermandad y
otras por libre, como mi santa esposa, que, como viene haciendo en los
últimos años, siempre arrima el hombro en este tramo llano. Y los de
Coros y Danzas, que montan unas estampas extremeñas por delante, siendo
muy aplaudidas por el respetable. Detrás
de San isidro vienen las autoridades, encabezadas por el Alcalde y el
párroco. Que el señor Arzobispo, con una lesión en la pierna, se ha
quedado a la espera en sus reales. Y girando a la izquierda, donde se
halla el portón del camino que sube a la Ermita, la Imagen descansa
para cambiar a las mujeres por los hombres de nuevo. El camino que se
avecina es duro y hay que echarle reaños. José Antonio Serrano, el
capataz, hace lo que le dicen por todas partes, en tanto que José
Crespo, con su walki-talqui, se coordina con otro que va en la
delantera, junto al estandarte. Y aquí que me veo echando una mano,
arrimando el hombro también, para llevar al Santo por este camino
infernal. Como todos los años. Después de varias paradas, con la gente
dando vivas al santo y a los costaleros (¡), regresamos por donde
salimos y colocamos al Santo dando cara al pueblo. Momento que los
mozos y las mozas del Grupo folklórico montan otra memorable actuación,
esta de despedida, echando humo los aplausos, mientras inclinan la
cabeza con respeto ante el Patrón de nuestros campos. Son
las dos de la tarde y hay que entrar al Santo en sus andas. Tarea
ardua, porque hay que hacerla a pulso y echándole riñones, que la
puerta es justa y la Imagen más grande de lo normal. Así que hacemos
virguerías y, en medio de atronadores aplausos y vivas por la
maniobras, quedamos al bueno de Isidro de nuevo en su hogar, sobre unos
borriquetes. El reparto de espigas benditas, la recogida de algunas
flores de su trono y la compra de algunos recuerdos en la caseta de la
Hermandad, rematarían los actos religiosos y devotos. Con tiempo para
leer unos carteles improvisados de cartón, con avisos que dicen: "Ojo.
Peligro de incendio. Cuidado con los cigarros".
RESTO DE LA JORNADA Y
luego, las autoridades e invitados serían agasajados por la Hermandad
en un anexo de la propia Ermita, celebrándose a continuación, ausentes
ya el Alcalde, el Arzobispo y el capitán de los guardias civiles, con
sus respectivos séquitos, una opípara comida de hermandad, con la
participación de los hermanos, hermanas y allegados. Y el resto del
mundo mundial, a buscarse la vida por las casetas y chiringuitos del
lugar. Y en la más cercana a la Ermita --conocida por Melanie--
tendríamos tiempo de saborear los sabrosos choricitos, pancetas,
chuletitas, sardinas y demás platos camperos por San Isidro. Muy cerca,
por cierto, de un chiringuito que habían montado los de "Custodia
compartida, ya", inasequibles al desaliento, con pancartas alusivas y
todo. Lo que aprovecharían numerosos romeros y domingueros para
desparramarse por el lugar, visitar otras casetas en la zona baja y
perderse por los hermosos parajes del Parque municipal Tres Arroyos
--inmenso, de 243 hectáreas--, también llamado de "Antonio Cuéllar
Casalduero", alcalde que fue de Badajoz, recentísimamente restaurado
después de año y medio de obras, con sus caminos y sendas forestales,
miradores, mesas y barbacoas ad hoc,
zonas infantiles de juegos, pasarelas, circuito deportivo, etc. Todo un
lujo para los pacenses que habrá que mantener y conservar. Eran las
cuatro y media de la tarde, después del helado y del café, que invitaba
la casa, cuando cogíamos el macuto y los ramos de espigas, y
regresábamos felices y contentos a casa.
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