Romería de Bótoa, entre la tradición y la modernidad

Por El Avisador - 8 de Mayo, 2006, 12:46, Categoría: General

Ayer, domingo, primero del mes de Mayo, con un tiempo esplendoroso, soleado pero algo fresquito --lo que ayudaría a sobrellevar divinamente la jornada--, los badajocenses volvimos a celebrar otra de las fiestas emblemáticas de Badajoz: la ruidosa romería en honor de Ntra. Sra. de Bótoa, Copatrona de Badajoz. Con que a media mañana cogimos el morral y la cámara y nos fuimos para seguir a pie la vistosa procesión de la Virgen por sus dominios. El tráfico hasta su Ermita fue totalmente fluido, y eso que delante nuestra iban decenas de coches. La Guardia Civil estaba apostada en los cruces más significativos, lo que hizo que llegáramos en un santiamén. Y al llegar vemos que la campiña de El Tesorero está de impresión, con miles de romeros asentados en el lugar --a pesar de su valla metálica, cortada en uno de sus extremos, el que da a la Ermita--, al lado de sus inseparables coches, furgonetas y otros vehículos. Que, según pase el tiempo, se convertirán en la pesadilla de los asistentes: las motos de pequeña cilindrada y los todopoderosos squads. El humo y los olores característicos de las barbacoas nos dan la bienvenida. También vemos incontables tiendas de campaña. La gente, si no toda, ha pasado la noche por estos pagos. Y llegamos con el tiempo suficiente, justo después de la Misa mayor. Así que nos agolpamos en el atrio --levantado en 1914--, donde no cabe un alfiler. Que, como es costumbre, presenta un aspecto magnífico, de gala, con banderas de España, de Portugal, de Extremadura y de la propia Hermandad, blanquiazules. Arriba, la terracilla, donde el veteranísimo Julián Mojedano ocupaba su "tribuna" año tras año, está ocupada por un nuevo "inquilino", el simpar Emilio G. Barroso, que, micro en mano, se encargará de conducir y animar los actos. Y la gente que, de forma sorprendente, que sigue entrando y saliendo sin cesar de la pequeña Ermita, por lo que tienen que dar instrucciones para que salgan todos, pues hay que despejar los bancos para que pueda salir la Imagen. Y las primeritas que se ven son, ¡quiénes van a ser!, sus fieles lavanderas, con su bandera celeste. Y son las 12,40, exactamente, cuando sale el paso de la Virgen, que luce un hermoso terno blanco dorado y manto rojo, bordados en oro, con cientos de flores blancas y rosas a sus pies. Y, como de costumbre, tocada con su singular pamela y en sus manos, un ramillete de flores silvestres, pamela y ramillete donde lucen las rojísimas amapolas. Y como es Reina y Señora, luciendo múltiples joyas y un vistoso fajín de generala del Ejército español. Doce recios costaleros, a las órdenes del veterano Diego Pérez, maniobran con destreza en el atrio, en tanto suenan los vivas y los aplausos entusiásticos a la Virgen. Y, tras el himno nacional y nuevos aplausos de los enfervorizados fieles allí apostados, la comitiva que sale por el camino de tierra, paralelo a la carretera y bordeado de añosas encinas. Lo que aprovechamos para volver nuestros pasos hacia la carretera, donde dos filas abigarradas de romeros esperarán el regreso de la procesión. Entre tanto, un caza del Ejército del Aire rasga los cielos de Bótoa, acompañando a su manera también la salida de la Virgen.

LA PROCESIÓN
Organizado a duras penas el cortejo, con numerosas personas delante y detrás del paso, abría la marcha el estandarte celeste de la Virgen, portado por un devoto a caballo, que, sorprendentemente, no era el cura Lobato --sí, Juan Antonio Jiménez Lobato, cura singular donde los haya, el de las Hermandades del Trabajo, el cura rociero que tiene un caballo que se lo regaló la Virgen, con 70 tacos, para 71, el que da los mejores abrazos de España, que este año iba a pie enjuto, haciendo un reportaje en vídeo, que a caballo iba su sobrina-nieta Esther, que cuando te ve te cuenta y no para...--, al que seguían medio centenar de caballistas de todas las edades, sobresaliendo la briosa estampa de los caballos españoles y portugueses. Le siguen otros estandartes, entre ellos el donado por la familia del que fuera ganadero de reses bravas y benefactor de la Hermandad, don Lisardo Sánchez, y el de Amigos de Badajoz, y sólo tres carretas, tres. ¿A qué se debe este bajón? Carretas tradicionales, pero en un número muy inferior a las de ediciones anteriores, dos de Badajoz y una de la cercana Valdebótoa. Y, a continuación, ellas, las clásicas lavanderas, con sus tocas y mandiles blanquísimos, pañuelos celestes al cuello. Y me voy hacia ellas para hacerles la foto de grupo, y me entero de que vienen quince, de todas las edades, destacando doña Josefa Martínez Bejarano, de 92 años, magníficamente bien conservada, que me dice que era prima de la anterior superiora del coro de lavanderas, doña Isidora Martínez, fallecida hace algunos años. Pero que la más veterana es Filo Báez, de... ¡96!, que no ha podido salir en la procesión, pero que está sentada junto al altar de la Virgen, que las piernas y los años ya no perdonan... Y luego, las señoriales camareras, las que cuidan y miman a la Virgen todo el año, la que preparan el exorno floral... Y, este año, que son 14, que ha habido algunas bajas por fallecimiento. Así que saludo a varias de ellas y les hago la foto de grupo también. Y me dicen que no me pierda la toca que estrena la Virgen este año, finísima, donada por una devota. Y después, delante mismo de la Señora de Bótoa, un puñado de penitentes, con cirios e, incluso, con los pies descalzos. Son los privilegiados que más cerca están de la Virgen. E, inmediatamente después, el paso, a hombros de doce costaleros, con Diego Pérez, el capataz, al mando. Y vengan más fotos. Tras la Imagen, la presidencia religiosa, con el capellán de la Hermandad, don Diego Barrena, el cura de La Estación de toda la vida y otro sacerdote revestido también, a quienes sigue la presidencia oficial, con el alcalde de la ciudad, Miguel Celdrán, a la cabeza, a quienes acompañan el hermano mayor, Fernando Sánchez Cuadrado, el representante del Arzobispado, este año don Teodoro A. López, la concejala de Cultura, Consuelo Rodríguez, el de Limpieza, Antonio Ávila, y otras representaciones militares --de la Base cercana de Bótoa, de la de Badajoz-Talavera--, civiles y cofradieras, entre ellas un representante de la Hermandad de la Soledad, la Patrona. Todos con sus varas y cintas al cuello.
Y después, decenas de fieles y devotos, que no quieren perder el rumbo --lentísimo este año, hora y media en un trayecto de sólo 800 metros-- de la Copatrona. Y, como no podía ser menos, a continuación iban los alegres componentes de varios grupos de bailes y danzas tradicionales --mezclados esta vez--, que interpretaron aires y canciones del rico folklore extremeño.
A la llegada a su santa casa, el gentío volvió a arracimarse en el atrio de la Ermita, donde tendrían lugar las tradicionales subastas del ramo y del rosario de la Virgen, además de algunos bailes de despedida, con lo que la Copatrona volvería a su capilla entre las ovaciones de los asistentes, en tanto sonaban las notas del himno nacional.

LA COMIDA Y EL FERIAL
Como era tiempo de llenar la andorga, la familia Montero al completo, incluyendo a Laura y Clara, mis dos nietecillas, que nos vamos en busca de una caseta para comer. Y fue casi milagroso encontrar mesa y sillas libres tras una de las situadas frente a la Ermita, en la zona de las casetas, más allá de la carretera, porque todas estaban congestionadas. Como casi milagroso fue que nos atendieran enseguida, que el camarero estaba a punto de írsele la olla de tantas manos que pedían a la vez unos pinchitos por aquí, una de caldereta, por allí, una tortilla y dos choricitos, por allá, y una de panceta y otra de jamón serrano, por acullá.
Con que dimos buena cuenta de casi de todo, buenísimo pero caro, que el hambre es muy mala, sobre todo, cuando a tu alrededor todos están buscándose la vida para lo mismo. Y tiempo también para divisar a infinidad de gentes de Badajoz, unas conocidas, otras, amigas, que brujuleaban de aquí para allá en busca del sustento. Y tiempo para admirar la belleza de nuestras mozas y yogurines, con sus generosos escotes y no menos generosas barriguitas al aire, con sus pantalones de caderas bajas, que estamos en primavera y hay que ir a la moda. Y a las más maduritas, con sus "michelines" por todas partes, luciendo tipazo y señorío al lado de sus maromos. Y a una legión de mayores, gentes de la Tercera, Cuarta y Quinta Edades, todos muy peripuestos para la ocasión, con sus gorros, sombreros de paja, cintas y zapatos ligeros. Que, hablando de sombreros, había miles de ellos, que Mosa Badajoz los había repartido generosamente como propaganda y Bótoa no parecía Bótoa, que aquello parecía un pueblecito de la telenovela Pasión de Gavilanes. Y a incontables gitanos, incluidos los portugueses, muchos de ellos formando clanes y grupos numerosos, siempre el patriarca por delante --con sus peculiares bastones--, marcando el paso. Y, como estábamos de romería y en el campo campero, pues a decenas de caballistas, motoristas jovencísimos y pequeños todoterrenos echando leches. Con las consiguientes rafágas de polvo e indignación del personal a su paso, que les mentaban a la madre que los parió. Y ellos, sin inmutarse.
Tras la comida, una visita a la "Calle del Infierno", el floreciente y ruidoso ferial, este año al completo, con ferial propiamente dicho --norias, toboganes, castillos hinchables, etc., etc.--, mercadillo --con muchísimos puestos gobernados por familias portuguesas --de Elvas, Campomayor, Portalegre..., te dicen amablemente-- y un "salón del automóvil" y todo --Mosa Badajoz, con su flamante 207--. Y, como estamos en plena globalización, con puestos a cargo de "casi todos" los países del mundo: chinos, marroquíes, peruanos, ecuatorianos, colombianos, centroafricanos --de raza negra--, además de portugueses e indígenas. Y al decir que había casi de todo en existencias, quiero decir eso, casi de todo. Vean, si no, un puesto de camisas de todas las marcas, modelos y único precio, con este reclamo: "Liquidación en Springfield, Pedro del Hierro, Cortefiel, 7 euros".
Y con el café, los helados y más refrescos, ahora sentados apaciblemente en el "mirador de Bótoa", los veladores de la caseta ubicada cerca del Crucero que hay pasada la carretera. Y el tío del café, en otro mundo, con la mirada perdida de tanto ajetreo humano, que me pone dos en vez de uno. Y es que, con los cables fundidos, al reiterarle el café en varias ocasiones porque estaba atendiendo a diez a la vez, ha creido que le había pedido dos. Menos mal, que podía haberme puesto media docena. Que al costo --1,50 machacantes por taza-- me habrían costado un ojo de la cara.
Y más atrás, a nuestras espaldas, la música que suena a un millón de watios: es la discoteca campera, con decenas de niñatos y yogurines con sus motos y squads. Que cerca hay un "circuito" de cross y la chavalería se esfuerza en quedar bien ante la "afición", con sus carreritas, trompos y demás espectáculos propios del circo del motocross nacional.

LA RECOGIDA
Y que llega la hora de recogerse y, como es tradicional, última visita a la Virgen de Bótoa en su capillita para el beso final de despedida --en la distancia, a una medalla de una cinta que sale de sus manos--, el óbolo y la recogida de unas florecillas de su trono. Preciado recuerdo. Y más fotos, que la ocasión lo merece. Y, ya camino de nuestros lares, sobre las cinco de la tarde, en los cruces que hay cerca del Gévora, que vemos a los picoletos trabajando a destajo con los niñatos de las motos --nada de cascos protectores, oiga--, a quienes están pidiendo la papela. Y un poco más allá, que vemos venir una ambulancia echando leches camino de la aldea de Bótoa, alguien habrá pedido sus servicios. Y ya cerca del cruce con Cáceres, en un control, que vemos a una patrulla de la Guardia Civil haciendo una redada a gente de mal vivir --presuntos, se dice--, y que tienen engrillados a algunos de ellos, por malos. De película, amigos.
Y así fue la película..., digo, la romería de Bótoa en Badajoz un siete de Mayo del año del Señor de 2006.

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