Un día de Rastro en el Casco antiguo de Badajoz

Por El Avisador - 7 de Mayo, 2006, 10:46, Categoría: General

Ayer, primer sábado de mes, era el día del Rastro de Antigüedades en el Casco Antiguo y allá que nos dirigimos a media mañana toda la familia, mis dos nietecillas incluidas. Muy buen tiempo, aunque el fresco aliviaría la jornada. Y mucho personal por las calles, Plaza de España arriba y abajo. Y la mayoría, con unos claveles entre las manos. Ahí es nada, era la víspera del Día de la Madre y los barandas de la AECAB --la emprendedora Asociación de Empresarios del Casco Antiguo badajocense-- habían tenido el detallazo de regalar un clavelito a casi todo el mundo, señoras, señoritas, yogurines, madres y padres. ¡Por qué no, que todo el mundo tiene madre! ¿O no? Ya por San Juan, a la altura de la tienda de Fini Espada, un puesto rebosante de gorros, sombreros y viseras nos anuncia que estamos en vísperas de la romería de Bótoa. Y desde un euro la cosa. Y pasado el cruce La Sal-Bravo Murillo, la animación es extraordinaria. Con el señor Alonso, con su puestecillo ambulante de espárragos trigueros, laurel y demás. A 1,50 euros el manojo de espárragos, 5 euros, cuatro. Que me dice que, en cuantito pueda, que va a escribir un libro con las cosas que le pasaron desde niño, que tiene mucha memoria, que se acuerda de todo, y que va a ir a una biblioteca (sic) para que se lo hagan. Y el de láminas y dibujos de Badajoz del ínclito Fernando González de las Cuevas, que está charlando con Alberto González, el de la pipa, lo que aprovecho para hacer unas fotos. Que el bueno de Fernando, pintor de categoría, tiene el buen humor de exhibir un cartelón que dice literalmente: "En este establecimiento se permite fumar". ¡En plena calle, lo nunca visto! ¡Y vengan fotos para recordar el momento! Y más allá, los tradicionales puestos de artesanía del centeno, otro de jaulas de madera, el de libros viejos del señor Jacinto --que ya se sabe lo del Avisador, de cuando le hice una reseña de su puesto, que un amigo le mandó el recado, y que le gustó mucho, que muy amable por mi parte--, el de dulces de Navalvillar de Pela, los rebosantes en miel de la mal llamada Siberia Extremeña, justito en la puerta de la Concepción. Y, así, otros cuantos más de antigüedades, sellos, estampas, libros, etc. Ya en la esquina del Rastro, el histórico cruce de calles emblemáticas como San Juan, la Concepción, El Brocense, Zapaterías y Corregidores, un camión de la Coca-cola, estratégicamente situado, va saciando la sed del gentío, con vasos del líquido refrescante de la casa, lo que alegra el paseo mañanero de los miles de visitantes del Rastro. Miro para la calle de la Concepción y allí está el bueno de Juanito Moreno, el de la única frutería-carnicería-comestibles de la zona, sentado ricamente en la acera de su tienda hablando con un paisano. Cogemos Moreno Zancudo arriba y los puestos contrastan con algunos muros de la calle, a punto de caerse, sostenidos por enormes vigas de hierro. Como los que daban al número 6-A de la calle. Hago muchas fotos del lugar, para, más tarde, comprobar los cambios, una vez restaurados los edificios. ¡Ni que fuera Vidarte! Que, precisamente los veo, a Juan Carlos, con su atuendo informal, gorrilla y tal, y a su primo Enrique, el gentleman de la familia, con su segundo hijo de compaña. Y arriba, en la zona más estrecha de la calle, en su puesto de dulces caseros y pasteles, María del Pilar Barrena Pérez. ¿Y quién es María del Pilar, si puede saberse? Pues la propietaria de la Pastelería que lleva su nombre, de La Nava de Santiago, que mes tras mes, desde hace tres años, viene a Badajoz a vender su dulce mercancía. Y me llevo dos bolsas de rosquillas y perrunillas de la casa. Que tienen una pinta buenísima. A 2 machacantes la bolsa.

EN LA PLAZA ALTA
Y en la amplísima Plaza Alta, de todo: puestos, incluidos los de portugueses, que el habla los delata, gentes que entran y que salen, ajetreo continuo y el aspecto que ofrecen las Casas Pintadas --mal llamadas Coloradas--, de impresión. Y venga a darle a la digital, que las vistas, con la señorial Torre de la Atalaya o Espantaperros al fondo, son de postal cara. Y vengan fotos de lo ya restaurado y de lo que falta por hacer. ¿Y ésto cuando acabará?, me pregunto. Que llevamos más años que lo de la guerra de Cuba, oiga. De regreso, parón obligado a la altura del puesto de libros de lance de la Librería Arias Montano, en la avenida de Santa Marina, donde le echamos el ojo a un par de librillos a precios de ganga. Y, tras otro vaso de refresco en las "cuatro esquinas", que a la altura de los puestos de libros de la calle de San Juan, que nos encontramos con Jacinto el trompeta, quien, al verme, se arrima para ver si saca algo. Y toca Paquito el Chocolatero, para satisfacción del personal de la zona, el himno oficioso de todas las fiestas de las Españas. Un machacante se lleva el Jacinto, con la recomendación de que se lo gaste en buenas obras.
Pero no todo son alegrías, músicas y sonrisas, que, preguntando aquí, indagando allá, metiendo los dedos en la boca acullá, me dicen que se ha vendido poco, que no hay dinero, que si Bótoa, que si el euro, que si la gente mira mucho, que estamos desde las siete de la mañana y ha habido muy poco que vender, que sólo he vendido cuatro gorras hoy --Fini Espada dixit--, que si patatín, que si patatán...
Y como era la hora de irse a comer, que cogemos el toli, las flores y las bolsas de las compras y que regresamos por donde vinimos, no sin saludar a Paco Medrano, el de El Globo, a la puerta de su tienda, que se alegra de recordarme que el otro día en la radio hablé y no paré de los buenos tenderos y comerciantes del Casco Antiguo.

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