6 de Abril, 2006

Exposición de fotografías de Domingo Pérez, el 7

Por El Avisador - 6 de Abril, 2006, 19:51, Categoría: General

Recibo un tarjetón de la Consejería de Cultura en el que dice que mañana viernes, día 7, se inaugura una Exposición de fotografías de Domingo Pérez Serrano, titulada Fotos del Sitio, en la Sala Europa, en la avenida de Europa, 2. El acto comienza a las 20 horas y se ruega puntualidad.

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¡Una de soldaditos de plomo!

Por El Avisador - 6 de Abril, 2006, 19:00, Categoría: General

Hace un par de días, y siguiendo la información que nos repasó nuestro buen amigo Álvaro Meléndez, otro de los jubilatas de oro que pueblan esta ciudad, Pili y yo nos acercamos a la histórica calle Doblados, en las cercanías de la plazuela de San Andrés, la que sube desde el acceso al Monturio, a visitar una exposición de miniaturas militares en el Hotel Góngora, inaugurado hace dos años. Uno, que en su niñez disfrutó con los soldaditos de plomo como la mayoría de los que pasamos de los 60 tacos, no esperaba encontrarse lo que se encontró. Pues que en el citado hotel, propiedad de la familia de don Pedro Martínez Fernández de Landa y doña María José Aguilar, tienen expuestas en la salita de recepción del hotel tres enormes vitrinas con cientos de soldaditos y figuritas de plomo... ¡decoradas a mano por don Pedro! ¡Trabajo de chino, que hay que tener vista y pulso! ¡Su pasión de toda una vida, 30 años restaurando, ensamblando y pintando soldaditos! Que las figuras, muchas de ellas despiezadas y, claro, sin pintar, le vienen de Madrid, de Andrea Miniaturas, y que él ha de poner la parte del león, o sea, el resto. Allí había soldados de casi todos los países del mundo y de casi todas las épocas, de todas las armas --Infantería, Caballería, Artillería, Ingenieros, Sanidad, etc.-- y de todas las graduaciones --desde soldado raso hasta los generalísimos, reyes, zares y emperadores--, muchos de ellos en formación, con sus caballos, sus piezas de artillería, sus ambulancias a caballo también, desfilando y todo, con sus banderas y bandas de cornetas y tambores y de música. ¡Qué delicia! ¡Y hasta los soldados de la Legión estaban allí, desfilando en Málaga con su Cristo de la Buena Muerte llevado en horizontal y brazos en alto! También los había formando escenas bélicas de gran realismo, sobresaliendo una correspondiente a la batalla de Zama, donde los cartagineses derrotarían por enésima vez a los romanos, empleando como armas de combate... ¡los elefantes! ¡Impresionante! ¡Estampa que no la superaría en Hollywood el Steven Spielberg ese! Y por no faltar, la exposición contaba también con escenas y cuadros del salvaje Oeste, con sus vaqueros, diligencias, el Séptimo de Caballería, indios y todo lo que sale en las viejas películas del lejano Oeste americano, el Far West, dicho finamente en inglés. Y de nuestra Guerra civil, con soldados, falangistas, requetés y milicianos de todas partes. También había figuras exóticas, como los clásicos samurais japoneses, haciendo exhibiciones marciales con sus sables. Y allí había miniaturas de personajes reconocibles de la Historia: el Gran Capitán, Toro sentado, el general Custer, Buffalo Bill, Napoleón, Hitler, MacArthur...
Pues que hablamos con doña María José y con Eva, su hija, y cuentan y no acaban de esta afición de su marido y padre, respectivamente, teniente coronel de Infantería retirado no hace mucho, que pasó sus últimos años de servicio en una compañía de carros de combate del histórico Regimiento Castilla 16, en el acuartelamiento de Sancha Brava.
Y allí nos cuentan que don Pedro, al que no pudimos saludar, mozo bien puesto en su juventud, vino de su Vitoria natal de teniente de Infantería para dos años a Badajoz, y deseando marcharse pronto, agobiadito por los calores de nuestro clima... ¡pero aquí enraizó para los restos! ¡Como tantos y tantos en nuestra ciudad! ¿Por qué será, Tomás? A lo que iba, que me enrollo, que en Badajoz se le cruzó la que habría de ser su mujer, su María José, que dijo aquello tan femenino "¡Este muchacho me lo quedo yo!". Y aquí echarían raíces familiares y empresariales, tuvieron a los hijos y se dedicaron a crear riqueza. Que la familia, además del Góngora, lleva el Cervantes, un histórico de la hostelería badajocense, 27 años nada menos en el 2 de la calle Trinidad, dando esquina a la plaza de San Andrés, también conocida como de Cervantes o Zurbarán. Porque --y esto fue una sorpresa para nosotros--, nos enteramos que doña María José es hija del gran Niceto Aguilar, el que fuera dueño del conocido bar Niza, ubicado en la avenida de Villanueva hace décadas, ya desaparecido. Y que siguieron la senda del patriarca, primero con el Cervantes y ahora con el Góngora, sede de la Exposición de miniaturas militares.
Y no quiero terminar sin deciros que es gratificante saber que toda la familia ha apostado por  esta zona del Casco Antiguo, con dos hoteles de dos estrellas, el Cervantes y el Góngora, que disponen de todas las comodidades, incluidos garajes propios, y que cuentan con un total de 60 habitaciones. Y, lo que muchos no saben y es digno de alabanza, que en la recepción, aparte de los periódicos del día, los viajeros tienen a su disposición... ¡un lote de libros, la mayoría de temas y autores extremeños! ¡Esto es hacer cultura y Región, sí, señor! Muy buena noticia para todos, especialmente para los que nos visiten, para los turistas, máxime si tenemos en cuenta que el futuro Palacio de Congresos de Badajoz, que se halla ubicado a un tiro de piedra, en la Ronda del Pilar, está a punto de abrirse al mundo mundial. Mi enhorabuena, por todo, a don Pedro y familia. Ha sido un placer.

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¡Semana Santa en el Casino!

Por El Avisador - 6 de Abril, 2006, 17:21, Categoría: General

Tranquis, colegas, que no cunda el pánico, que todavía no han llegado las procesiones al gran templo del Ocio y la hostelería de Extremadura, que una muestra de la Semana Santa de Badajoz se exhibe en la sala de exposiciones del Gran Hotel Casino de Extremadura. Concretamente, una selección de impresionantes fotografías en blanco y negro, titulada El Silencio, con momentos indescriptibles --hay que verlos-- de los cortejos penitenciales más emotivos que puedan verse en Badajoz: la de la Patrona, en la noche del Viernes Santo (y madrugada siguiente, Sábado de Gloria ya), la del Cristo del Prendimiento, en la madrugada del Jueves Santo, y la del Cristo de la Paz, en la madrugada del Viernes Santo.
José Antonio Carretero, el amable coordinador de estos actos culturales, me ha mandado una invitación diciéndome que se abre el viernes, 7, a las 20 horas, y que estará expuesta hasta el mismísimo Domingo de Resurrección, el 16. Y, con su letra manuscrita, viene una orden terminante: "Te espero".
¡A sus órdenes! ¡Lo que usted diga, don José Antonio, nos vemos en el Casino y nos tomamos una copichuela después! ¡Que no se pueden perder las buenas costumbres! ¡Pero esta vez invito yo!

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Por tierras de Coria y Plasencia: un paseo por la religiosidad, el arte, la historia y la cultura

Por El Avisador - 6 de Abril, 2006, 12:58, Categoría: General

Ayer bien tempranito, Pili y yo cogimos el toli y nos fuimos por tierras de Coria y Plasencia, las dos ciudades episcopales de la Alta Extremadura. Los alumnos de Primer curso de la Universidad de Mayores, en su sede de Badajoz, habían programado una visita a estas dos hermosas ciudades extremeñas y el abajo firmante, ante las presumibles bajas en la expedición --que las hubo--, pudo integrarse en la misma, con lo que me dispuse a llevarle el maletín a mi santa esposa. Y eso que uno tenía cierta aprensión a viajar con gentes de la Tercera, Cuarta y Quinta edades juntas, los abuelinos de toda la vida, y no esa etiqueta pamplinosa de mayores que les han puesto ahora, aunque parece que queda como más guay. Y mira que uno está curtido en viajar con chavales, adolescentes, jóvenes y gente madura, pero con tantos pensionistas y jubilatas nos podía pasar de todo. Como que se nos perdiera alguno en el viaje, que nos trajéramos de vuelta a algún abuelete despistado de Coria y Plasencia, al confundir nuestro autobús con uno municipal, que se dislocaran un tobillo al subir o bajar bajar los muchos escalones que hay en toda ciudad monumental que se precie, que a alguno-a le diera un tirón en la espalda, un sofoco o un golpe de tos prolongado... Y más me escamó al subir al autobús, comprobar que no venía con nosotros ninguna azafata-enfermera que cubriera posibles contingencias, ni veía botiquín alguno, con su pastillero, para casos de emergencias... Así que, después de santiguarme, dije aquello tan socorrido para casos difíciles, como derrotado:
--¡Que sea lo que Dios quiera!
Eran unos minutos después de las nueve de la mañana, cuando el autobús de Poli, con 38 pasajeros a bordo --uno de ellos portugués, Joao, de Villaviciosa, mismamente-- y una becaria al mando, la amabilísima y paciente Sandra, salía rumbo a las tierras de la Alta Extremadura. Llovía intermitentemente y el cielo, plomizo, presagiaba más agua. Mala cosa, Sinforosa. Menos mal que la vista de los impresionantes paisajes adehesados por los que íbamos pasando, cuajados con las flores blancas de la jara, nos animaría la primera parte del viaje. Que en Cáceres nos esperaba "un profesor" para acompañarnos como guía, nos anunciaba por el micro nuestra institutriz. Subir éste y dejar de llover todo fue uno. Y cuando Sandra dice el nombre del guía --Florencio Javier García Mogollón, uno de los mayores expertos en Historia del Arte de nuestra Región, profesor de la UEx, en la facultad cacereña de Filosofía y Letras, autor de numerosos libros, estudios y artículos sobre el patrimonio artístico extremeño, entre ellos dos clásicos, La platería de la Catedral de Plasencia (Cáceres, 1983) y La Catedral de Coria, arcón de Historia y Fe (León, Edilesa, 1999), agotada esta última, además de responsable técnico del Patrimonio religioso de la diócesis de Coria-Cáceres y, desde su fundación en 1998, profesor y colaborador de la Universidad de Mayores en Extremadura--, casi doy un respingo en mi asiento. Aunque no lo conozco personalmente, lo tengo catalogado como un autor serio y riguroso, pues su nombre me aparece en un buen número de importantes obras de investigación histórico-artística por estas latitudes.
Y, ya camino de Coria, a la altura del la larguísima cola del pantano de Alcántara, que empieza el recital "florenciano". Porque, micro en mano, fue contándonos un sinfín de pormenores de muchos de los lugares por donde pasábamos. Que el tal Florencio, me parece a mí, se conoce todas las piedras de estos lugares, con una historia, un arte y una cultura de siglos. Para que se me entienda, que se conoce como la palma de la mano todos los asentamientos prehistóricos de esta comarca, sus dólmenes, sus castros, sus calzadas --vía de la Plata, la vía Lata (que quiere decir ancha, espaciosa) de los romanos, y vía Dalmacia--, sus puentes romanos, sus alcazabas morunas, sus torres y castillos medievales, los pueblos, villas y lugares más o menos próximos por donde íbamos pasando --Garrovillas, Alconétar, Portezuelo, Galisteo, Ceclavín, Torrejoncillo, Alcántara...--, sus iglesias, ermitas y palacios señoriales, los nombres de los reyes, obispos y señores que pasaron por ellos, los de los proyectistas, arquitectos, escultores, pintores, plateros y otros artistas que rematarían sus grandes obras por estos pagos... ¡Esto no es un guía, que esto es un libro abierto y ambulante! ¡Vaya baño, con sencillez y todo lujo de detalles, que nos dio el señor Florencio y Javier! ¡Claro que, con dos nombres en el DNI, así cualquiera!

EN CORIA
Ya en Coria, corazón de la comarca norcacereña del Alagón, la Cauria vetona, la Caurium romana, la Medina Cauria de los árabes..., ¡la de los toros de San Juan!, conquistada en 1142 por Alfonso VII, la obligada visita a su recinto amurallado romano, con veinte torres cuadradas y sus cuatro puertas originales, sus edificios medievales, sus casas señoriales, su puente del siglo XVI sobre el Alagón... ¡y sin agua debajo, que cambió de curso en el tiempo, a consecuencia de una riada, que todo hay que decirlo, oiga! Coria, cabeza de un importante Marquesado, el de los duques de Alba y marqueses de Coria. Su castillo medieval, que mantiene en pie la torre del homenaje y el castillejo. Su imponente Catedral, que presenta gran variedad de estilos por lo dilatado de su construcción, iniciándose en el siglo XV en estilo gótico renacentista,
y que tardaría en rematarse... ¡tres siglos! Y su espléndido Museo, repleto de tesoros artísticos y religiosos deslumbrantes, en los campos de la imaginería, platería, bordados, pintura, grabado, documentación, etc., sobresaliendo por encima de todos la extraordinaria arqueta que contiene la Sábana Santa de la Última Cena del Señor, Museo cuyo mentor y artífice ha sido nuestro obispo..., digo, nuestro expertísimo Florencio Javier. Y, a la salida, el viejo palacio episcopal, construido en el siglo XVII..., con huellas de abandono, restaurándose en la actualidad.
Pasadas las dos de la tarde, hay que recoger el hato e irse para Plasencia. Por el camino, tiempo para admirar de nuevo el paisaje, con apretados bosquecillos de encinas, donde pastaban a sus anchas los cerdos, las ovejas y el ganado vacuno de estas tierras. Hay que llenar la andorga, que nos espera el almuerzo en el restaurante La Despensa de Extremadura, en la avenida de Martín Palomino, 40, a la entrada de la ciudad. Y, de paso, recargar la batería de la máquina, que estaba KO. Cerca de las tres, hay una bulla extraordinara, sus muchos salones están a reventar de personal hambriento y sediento. Tenemos la suerte de que en nuestra mesa se sienten Sandra, Florencio y un tal Ángel --otro becario como Sandra, el "Florentino de Plasencia", según dicen- y nos ponen con prontitud el menú pedido por la autoridad competente: unos entrantes de ibéricos --unas lascas vistas y no vistas, oiga--, patatas con bacalao y arroz y, de tercero, magro con patatas fritas.Y de postre, helado y café. Las patatas con arroz y bacalao, plato cacereño típico, estaba divino. Con que repetí, lo mismo que algunos de mi mesa. Y el magro con patatas fritas, también. Lo más selecto del lomo del cerdo. Pero el vino, un tinto Castillo de Gredos, Bodegas Santa Leonor, era manifiestamente mejorable, de restaurante para camioneros, vaya. Con que voy y le pregunto a un camarero.

--Oiga, ¿este vino de dónde es?
--De la Sierra de Gredos.
--Sí, pero de dónde en concreto.
--Pues de la Sierra de Gredos, que ahí lo dice.
--Que lo que yo quiero saber es de qué lugar --insisto, algo mosca.
--De la Sierra de Gredos, ¿no?
Termino mi diálogo para besugos y escribo en la libreta de notas: "Ni se sabe".

EN PLASENCIA
Y llegamos, a las cuatro y media, a la Muy Noble, Leal y Benéfica ciudad de Plasencia, la ciudad que fundara el rey castellano Alfonso VIII en 1186, ut placeat Deo et hominibus, "para que agradara a Dios y a los hombres", la perla del Jerte, la mayor y más importante urbe de la Extremadura del norte, donde confluyen tres magníficas y bellas comarcas: los valles de Ambroz y del Jerte y La Vera. Con un recinto amurallado de impresión, que data de finales del XII, pero que sólo sobreviven 21 de las 71 torres iniciales, algunas confundidas en el entramado urbano. Y nos enteramos que de las ocho puertas quedan sólo cuatro en pie, la Puerta del Sol, la más airosa, la de Berrozanas, la de Coria y el postigo de Santa María.
Y, a pie enjuto, entrando por la señorial puerta de Berrozanas, que ostentaba el señorial escudo de los Reyes Católicos en su fachada, subimos por las ruas --aquí, como en Coria, son ruas, no calles-- hasta las dos Catedrales, la vieja, o de Santa María, y la nueva, o Catedral, a secas. Y ya en la plaza, a la vista de sus espléndidos naranjos recargados de fruta, en una de sus esquinas, que el maestro Florencio --a quien el personal empieza a llamarle "el profe" y "el jefe"-- que da comienzo a la segunda parte de su sinfonía catedralicia por estas tierras. Y allí comenzamos a admirar su bellísima fachada, de corte plateresco, un auténtico retablo de piedra, obra de los arquitectos Juan de Álava y Rodrigo Gil de Hontañón, con sus cuatro cuerpos, con arcos superpuestos, y cinco calles, rematados por impresionantes cresterías y agujas. Y, arrobaditos, no nos damos cuenta de que empieza a llover. Son unos minutillos antes de las cinco, hora de apertura del templo, y es hora de los paraguas. Por fin nos abren y, a media luz, casi en la penumbra --que los del Cabildo placentino son de la Virgen del puño en cuanto a energía eléctrica se refiere-- nos quedamos con la boca abierta. ¡Qué maravilla de retablo mayor, de 23 metros de altura, auténtica joya de la escultura barroca del XVII, con esculturas exentas del famosísimo imaginero de la escuela castellana, Gregorio Fernández, y pinturas de Ricci! En cuyo tabernáculo se venera una copia --por lo de la seguridad-- de Ntra. Sra. del Sagrario, de estilo gótico, del grupo de Vírgenes sedentes con Niño primitivas, de sonrisa enigmática, cuyo original de madera recubierta de plata pudimos contemplarla después en el Museo catedralicio. ¿Y qué decir del señorial y majestuoso coro, otra de las maravillas de la catedral placentina, concluido a principios del XVI? Obra del maestro Rodrigo Alemán, con 41 sillerías en el coro alto y 26 en el bajo, todos en madera de nogal, el material más noble de las maderas del país, con relieves valiosísimos, con estampas bíblicas y hagiográficas, por una parte, y escenas mitológicas, satíricas, costumbristas y fantásticas, todas ellas moralizantes, que dice el profe. La sillería estuvo antes en la Catedral vieja --levantada entre los siglos XII y XIV, románica y gótica, de tres naves-- y, afortunadamente, fue trasladada a la nueva.
Y también nos enteramos que a finales del siglo XV se inició su derribo para erigir la nueva, pero se ha salvado buena parte de la primitiva iglesia, con un claustro evocador y una estupenda sala capitular del siglo XIII, de serena belleza, con una cúpula de inspiración bizantina, pariente de las de Salamanca, Zamora y Toro. Impresionante, ¿no? ¿A que entenderéis que la batería de mi máquina se fuera a hacer puñetas enseguida? Menos mal que, buscando enchufes en esta Catedral tan tacaña en luminarias pude dar con uno que estaba... ¡en el confesonario del canónigo penitenciario, nada menos! ¡Como os lo cuento! ¡Que tenía hasta su Diurnal y todo, libro para las lecturas del día!
Y para rematar, visita al Museo, que está emplazado precisamente en la Catedral antigua, y que muestra un abundante número de piezas religiosas, en una exposición que resulta poco lucida por la... ¡falta de luz! --¿os suena?-- y la pobre conservación de algunos elementos.
Así y todo, nuestro ínclito Fulgencio Javier, siguió erre que erre dándonos a conocer lo que estaba y no estaba escrito sobre piezas, calidades, autores, fechas, obispos y demás. Incluso, rectificando algunos datos de las leyendas allí expuestas, junto a las magníficas muestras de platería, bordados, imágenes, reliquias, retablos... Este servicial muchacho es una joya, debería estar subvencionado, es una enciclopedia.
Y, aunque nunca miré el reloj en toda la tarde, sólo a la hora de comer, la delegada del curso y la becaria, con la aquiescencia del "jefe", decidieron poner punto final --por el momento-- a esta inolvidable visita. Había que recogerse, pasar por la plaza Mayor a tomarse unos cafelitos y hacer unas compras de última hora. Y en poco tiempo, que los nubarrones del cielo amenazaban otra vez lluvia. Así que, tiempo final para echar un vistazo al airoso edificio municipal, del entorno del XVI, que tiene una torrecilla donde se ubica el "abuelo Mayorga", pintoresco y popular personaje que marca desde su atalaya y a ritmo de campanadas el acontecer diario de la ciudad placentina y placentera.

REGRESO
Subimos al autobús, estamos todos juntos otra vez --¡qué suerte, nadie se había perdido ni tuvimos que esperar a nadie largo rato!--, que la gente viene cargada con bolsas.
--¿Y eso qué es, si puede saberse? --pregunto a una de las viajeras.
--Pues patateras y queso --te dice con resolución.
De regreso, la lluvia vuelve a hacer acto de presencia y nos acompañaría hasta Badajoz, donde llegamos, felices y contentos, un poco después de las nueve y media de la noche. No sin antes despedir en Cáceres, su lugar de residencia, al "profe", al "jefe", el magistral Florencio Javier García Mogollón.
Gratísima jornada que hemos compartido con los alumnos de Primero de la peculiar Universidad de Mayores de Badajoz. Vaya, pues, como viajero consorte, mi felicitación y agradecimiento a los organizadores, al guía, a la becaria y a la gente en general, que se portó divinamente, incluido el simpar Vicente, un tipo genial que nos alegró el viaje. ¡Y todo por 15 machacantes! ¿Hay quien dé más por menos?

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