¡Fiesta total en el Casco Antiguo!
Ayer, sábado, el Casco Antiguo de Badajoz volvió a revivir una
de sus jornadas más señaladas. Ahí es nada, se celebraba, a un tiempo,
el Rastro de Artesanías y Antigüedades, la Feria de la Primavera y,
como guinda del pastel, la suelta de vaquillas en La Alcazaba,
suspendida en su tiempo por el mal tiempo el día de San José, patrón
que fue de Badajoz y que lo es ahora de este sector histórico de la
ciudad. Por lo que la afluencia de vecinos y forasteros fue la tónica
de la mañana y mediodía. Afluencia que se hacía sentir calle Obispo
arriba, a pesar de las enésimas obras en su parte superior, cortada y
que impedía el paso de vehículos. Así y todo, el tiempo, con
temperatura primaveral y algo de fresco, ayudaría lo suyo. Justo
a mediodía, la plaza de España era un continuo trasiego de vecinos,
unos de vuelta, con sus cámaras y sus bolsas, y otros iniciando la
subida. Pero las filas comenzarían a engrosarse en la estrecha calle de
San Juan, donde tenemos tiempo de saludar a Lola, de los Almacenes que
llevan su mismo nombre, Fini Espada, con su hijo Sergio, un mozarrón de
buen ver, de Casa Espada 2 y Paco Medrano, de la droguería El Globo,
entre otros populares comerciantes de la zona. No vemos al inquieto
Juan Antonio Espejo, el de Rívoli, el de los bolsos y maletas de toda
la vida, otro de los currantes de la emprendedora Asociación de
Comerciantes y Empresarios de la zona, que debe estar ayudando a que
las cosas salgan bien este día. Varias mesas, estratégicamente situadas
en este lugar, con revistas, folletos y guías gastronómicas, ayudaban
al personal a enterarse de qué iba el día, por lo que las revistas,
que correspondían al mes de diciembre de 2005, estuvieron pasando de
mano en mano toda la mañana..., ¡tres meses después de editarse! Pero
la llegar a la parte superior de la calle, la de la iglesia de la
Concepción, donde se iniciaba propiamente el Rastro, quedaríamos
atrapados irremisiblemente. Una corriente humana, en ambos sentidos, te
impedía volver sobre tus pasos. Y allí vemos los abigarrados
y tradicionales puestos de artesanías, libros antiguos, artículos para
coleccionistas, cuadros, etc., sin que falte el puesto de dulces de...
¡Navalvillar de Pela! Restos de dulces y vasos en el suelo nos dicen
que, más temprano, ha tenido lugar una degustación gratuita de dulces
de la tierra, café y una copita de aguardiente. Pero los que llegamos
tarde, pues eso, "el que llega tarde, ni oye misa ni come carne", que
dice nuestro sabio Refranero. Y mientras ojeamos los puestos y
saludamos a los amigos, tiempo hay para comprobar que todo está en si
sitio: Julio Campano, en su histórica Juguetería, y Antonio del Águila,
en su veterana Carnicería-Charcutería El Charro. Pero lo más difícil
estaba por llegar, porque había que hacer las "estaciones" de la calle
Zapatería (Moreno Zancudo) y la plaza Alta (Obispo Marín de Rodezno).
La estrechez de la callejuela hace que nos agolpemos y nos cueste
sudores avanzar, que la concentración humana por metro cuadrado en este
lugar, aquí y ahora, debe de ser una de las más altas de España. Y
recuperamos el resuello a mitad de la calle, cuando vemos en el
histórico Estanco del lugar, en su puerta, contemplando al gentío, a
Quini Suárez, otro de los clásicos empresarios de la zona, a quien lo
de la prohibición del tabaco le tiene de los nervios. Y tomo nota de
otro puesto de dulces artesanos, nuevo por estos lares, uno de... ¡La
Nava de Santiago! A punto del desmayo, por las apreturas, llegamos ¡al
fin!, a la plaza Alta, donde hay una animación extraordinaria. La gente
va y viene, que tiene mil y un motivos donde prestar su atención: los
puestos de artesanías y antigüedades desperdigados en el suelo --con
muchos productos de la vecina Portugal, por cierto--, las casetas de la
Feria primaveral, con gente yendo y viniendo --con papeles, pegatinas,
postales y otros obsequios entre las manos--, el tablao, donde en esos
momentos actúa una pareja de jóvenes cantautores, el puesto de bebidas
y pinchitos, atestado, imposible coger sitio, ni con recomendación, la
bandera republicana, que ondea aquí, muy señorona ella una vez al
año, y la cigüeña de la Torre de Espantaperros, espectadora insólita de
los acontecimientos, aunque "acostumbrada" ya a tantas "movidas" y
regocijos por estos lugares.
Pero
hay que seguir, que nos esperan las vaquillas y uno no quiere
perdérsela. Así que subimos por la Puerta del Capitel y vemos que el
trajín no cesa, con caras desconocidas y gente muy trajeada, como de
otras latitudes de la provincia, de las pedanías cercanas y turistas de
paso. Y en la subida, hay tiempo de hacer un alto con Paco Morán --al
que acompaña su inseparable y joven esposa--, nuestro ínclito pintor de
encinas y paisajes extremeños, que aprovecha para contarnos un par de
capítulos de su agitada vida personal y profesional, que está pintando
nuevos cuadros, que los de su última Exposición los vendió todos, que
un día de éstos me va a llamar para tomarnos unos vinos, que está
preparando una "bomba", que si esto, que si lo otro..., conversación
que todos los que pasan a nuestro alrededor tienen tiempo de enterarse,
tal es la pasión que pone en sus palabras.
LAS VAQUILLAS
Con
que llegamos a la explanada de La Alcazaba y allí la función parece
haber empezado. Cientos de personas, especialmente jóvenes gitanos de
ambos sexos, se agolpan alrededor de una plazuela portátil, y en su
interior varios mozos y una vaquilla. Menos gente que otros años,
posiblemente los puestos del Rastro y de la Feria, ubicados más abajo y
repletos de público, le han quitado protagonismo este año. Pregunto y
son tres las vaquillas que han traído de Olivenza, que tienen el camión
toril adosado, así como una ambulancia para cualquier contingencia. Así
y todo, el "tendido de los sastres" --lo que queda de la antigua Cruz
de los Caídos-- está abarrotado y una peculiar banda de música --la
simpar Agrupación Musical Pacense, con cuatro jubilatas y un mozuelo--
animan la función, con pasodobles toreros de todas las marcas. Y entre
trago y trago de agua para los pensionistas músicos, tiempo para
interpretar "Paquito, el Chocolatero", el himno oficiosos de toda
fiesta que se precie. Con mi máquina echando humo, veo que al fondo del
recinto ferial hay levantados un castillo hinchable para disfrute de
los pequeñuelos, un puesto de chucherías y un chiringuito de bebidas y
aperitivos. Puesto que ha levantado la Asociación de Vecinos del Casco
Antiguo para atender al personal hambriento y sediento, en cuyos
alrededores ha sentado cátedra Juan Pedro Plaza "Alta", presidente de
la misma, que, como buen anfitrión, saluda e invita a los amigos a unas
cervezas y a unas pancetas y pinchos morunos. Que es lo que hicieron
con nosotros, y vemos que está rodeado de una amplia corte de
correligionarios y concejales socialistas, aparte de amigos y miembros
de su Asociación, entre los que acertamos a ver a Lorenzo Blanco, José
Ramón Suárez, Elisa Gómez Landero, Juan Pérez Zarapico, Rosario Ibán y
un orondo bombero de cuyo nombre no puedo acordarme. Así que aprovecho
para hacer unas fotos de "familia" del equipo A, con el panel de lona
de la Asociación de fondo. Y me llama la atención que no veo a ningún
concejal "popular" ni al alcalde ni a la concejala de Ferias y Fiestas.
Habrían estado a otras horas, que yo no los he visto. Pero sí tengo que
dar constancia, un año más, del impresionante "desfile" de jóvenes
gitanos cargados de joyas a cual más exótica, recargada y barroca. Si
en una primera época eran las mujeres gitanas quienes atesoraban el oro
y las piedras preciosas, ahora son los jóvenes de ambos sexos quienes
las exhiben, cual modelos de alta escuela. De impresión.
REGRESO De
regreso, con nuestras dos nietecillas de la mano, las llevamos por las
murallas y Torre de Espantaperros --con numerosos visitantes, entre
ellos hispanoamericanos con sus hijos, provistos de máquinas de
fotografiar-- y, mirando a la plazuela de San José --con el convento de
las Adoratrices a la diestra-- vemos que la bodega de Salvatierra, que
tiene unos mostradores en la portada, está atestada de público
sediento. Bajamos por donde subimos con anterioridad a eso de las dos
de la tarde, y la animación continuaba, mayor si cabe, en la plaza
Alta. Así que bajamos y vemos que la la riada de visitantes, yendo y
viniendo, parece no tener fin. A la altura de la Concepción, está a
punto de armarse el taco porque se espera la salida de una pareja de
recién casados, Eugenia y Miguel Ángel, Miguel Ángel y Eugenia, que
tanto monta, monta tanto, que sus damas de honor, amigas y familiares
le tienen preparado una salida apoteósica: tropecientos kilos de arroz
y algunos menos de pétalos de rosas. Como tardan y hay prisa, que la
chiquillada del clan los Montero y González quiere comer, pues que
tomamos la de Villadiego, no sin antes deleitarnos con una pintora que,
con cariño y dulzura, está rematando sus cuadros --retratos-- al lado
mismo de la iglesia. Un poco más allá, un vendedor callejero lleva una
caja con manojos de cilantro y me detengo para charlar con él y su
acompañante. Se trata del señor Alfonso, un tipo cabal de La Parra, de
73 años --que no los parece, por cierto--, que vive en Badajoz desde
hace 40, que ejerció de albañil en sus años mozos, que tiene dos hijos
"que le han salido mu buenos" y que se gana la vida como recolector y
vendedor de plantas medicinales y otras para cocinar desde que salió de
los albañiles, y que se sabe mejor que nadie las virtudes y valores de
plantas silvestres como el cilantro --el "primo" del perejil, te dice
con autoridad-- la hierbabuena, la hierbaluisa, los berros, la romaza,
los cardillos, las setas, el laurel, la manzanilla... Y que hoy ha
vendido toda la hierbabuena que traía --dos manojos, un euro-- y que le
quedaba sólo el cilantro. Con que, después del palique, le compramos un
manojo, planta que sirve para condimentar "toda clase de comidas", te
dice el andoba. Le hago unas fotos y quedo en verle en una próxima
ocasión. Que este hombre posee una conocimiento especial de la flora
silvestre extremeña, útil para tantos remedios caseros en medicina y en
la cocina, que hay que dar a conocer. Buscando
un sitio para comer, tenemos que dejar por imposible los de San Juan y
plaza de España, para adentrarnos por Meléndez Valdés. Son las dos y
media de la tarde y el bar La Corchuela, el del Centenario, está a
rebosar. Imposible. Por lo que, milagrosamente, encontramos sitio en
unos veladores del bar-café Franqui's, el de los superpinchos. Y allí
atracamos, exhaustos casi, el clan Monterini, para degustar sus
excelentes carnes, no sin antes comprobar el descaro y la impertinencia
en el trato de su dueño y camarero, que se puso a reñirnos y a darnos
lecciones de cocina por meterle prisa. Por lo que, después de pagar al
maleducado barman, dije aquello tan célebre de "ni una más, Santo
Tomás". Menos mal que aparecieron los hermanísimos Vidarte, Manolo y
Enrique, Enrique y Manolo, con quienes departimos un buen rato y nos
hicieron uno de sus afamados retratos de familia.
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