La pasada semana, visitando La Alcazaba en el contexto del VIII
Congreso de Estudios Extremeños que allí tenía lugar, concretamente, en
la Facultad de Biblioteconomía y Documentación, tuvimos la
extraordinaria ocasión de acceder a la emblemática Torre de la Atalaya
de Badajoz, también llamada Vieja y, más popularmente, de
Espantaperros. Torre albarrana de argamasa y tapial, de planta
octogonal y coronada por un cuerpo cuadrangular, con treinta metros de
altura, avanzada, a modo de vigía, más de veinte metros de la
fortificación principal, que fue construida en el siglo XII, santo y
seña defensivos del recinto amurallado de la agarena Batalyaws y modelo
que tomaría más tarde la famosa Torre del Oro sevillana, mayor, sí,
pero un calco de la nuestra. Monumento emblemático del Badajoz
histórico, desde donde se pueden contemplar maravillosas vistas de la
ciudad, y en todas direcciones, a través de sus almenas. Así que,
aprovechando las Rutas literarias que varios centros españoles de
Secundaria habían hecho converger en nuestra ciudad --con alumnos
procedentes de Asturias, Mallorca y, claro es, de Badajoz-- y, gracias,
todo hay que decirlo, a los profesores pacenses Ernesto Portales y
Milagros Eslava --los dueños de las llaves en ese momento--, Pili y yo
tuvimos la suerte de acceder a uno de los monumentos más bellos de
Badajoz, restaurado magníficamente, por cierto, hace ahora tres años
por el Ayuntamiento badajocense.
Provisto
de mi inseparable cámara, tuve tiempo de otear Badajoz como nunca la
había visto, por sus alturas, divisando a vista de pájaro todos los
elementos que la conforman, desde los más próximos a los más lejanos:
las almenas, restos históricos y edificios de La Alcazaba, la Galera y
sus jardines, la zona del Campillo, la empinada torre de la antigua
fábrica de hielo, todavía en pie, con su nido de cigüeña en la cúpula,
las plazas Alta y de San José y sus aledaños, con sus callejuelas y
rincones característicos, su heterogéneo caserío, al fondo, sus
barrios, empezando por el de San Roque, las torres de la Catedral y de
la Concepción, más allá el río Guadiana y sus puentes, la lejana Elvas,
La Estación... ¡Qué hermosura, el todo Badajoz ante mis ojos! ¡El sky line de
Badajoz, a vista de pájaro! ¡Y, cómo no, sus cielos! ¡Cargados de
oscuros nubarrones, presagiando lluvia! ¡Espectacular! ¡De lujo! ¡Y
gratis total! Y, claro, mi máquina a punto de fundirse.
Un cuarto de
hora escaso había durado nuestra ascensión a los cielos..., digo, al
techo de Badajoz, la moruna Torre de Espantaperros. ¡Ahí es nada! ¡A
uno de los símbolos arquitectónicos por excelencia de Badajoz, en La
Alcazaba, junto al cerro de La Muela, solar de nuestros antepasados!