Todos los días, con las primeras horas de la tarde, las palomas y los
gorriones urbanos de Santa Marina, el barrio donde vivo, acuden a
recoger sus migajas de pan a la plazuela de Santa María de la Cabeza. A
la hora del aperitivo, son muchos los vecinos, especialmente los
jóvenes, que, al calor de las temperaturas primaverales, se reunen para
tomar copas y aperitivos en los veladores de la plazuela. Y esa zona es
una de las más atractivas de Badajoz porque sus bares y cafeterías
ponen aperitivos y tapas en abundancia. Más que en ningún sitio. Y las
palomas y los gorriatos del lugar lo saben. Con que es frecuente verlos
rondando con precaución las mesas en busca de algunas migajas de pan y
de patatas fritas con que mitigar el hambre. Y cada vez que cae algo,
siempre se da la misma escena, primero acuden las palomas, más
corpulentas, que parecen tener preferencia, y picotean nerviosamente
todo lo que cae. Y unos segundos más tarde, los gorriones, por si queda
una migaja de las migajas que llevarse a sus picos. Pero en los últimos
tiempos los gorriones de Santa Marina parecen acechar a las palomas
cuando están picoteando un trozo de comida demasiado grande para sus
picos. Y en este ir y venir, saltando la comida de aquí allá, que un
gorriato espabilado va, atrapa con su piquillo la comida y levanta,
veloz, el vuelo con ella, dejando a la paloma compuesta y sin comida.
Moraleja, esconde la mano que viene la vieja:
El más pequeño, con astucia y perseverancia, puede superar al más fuerte y poderoso.