Paseando por las calles de este Badajoz de nuestras entretelas, cada
día no deja de sorprendernos el avinagramiento con que algunos de sus
vecinos la toman con muchos de sus edificios. Me estoy refiriendo a la
cantidad de pintadas, brochazos y leyendas sin cuento con que algunos
descerebrados nos obsequian, como muestra de la mierda en que viven, al
resto de la ciudadanía. Y no me estoy refiriendo a los jóvenes
grafiteros con clase, esos que usan las paredes y los muros autorizados
para demostrar los grandes artistas que son manejando los sprays
multicolores. No. Que me refiero a esos mostrencos, zafios y malnacidos
que, en la oscuridad de la noche, emborronan y ensucian calles enteras.
Como es el caso de la calle Regino de Miguel, la que está por detrás
del baluarte de Santiago, la que ocupan las entradas y los patios
traseros de las casas de los Grupos de viviendas de Santa Marina. Esa
larga calle que aparece cortada en su mitad por la del Maestro Modesto
Lerma.
Que
esta mañana, paseando por esa zona, "fronteriza" entre el Casco Antiguo
y Santa Marina, estuve "admirando" las incontables pintadas, brochazos,
señales y leyendas urbanas, hechas con pinturas variadas, mira qué
detalle --colores negro, azul, blanco y rojo, principalmente-- y que
cubrían todo el zócalo, color crema, de las edificaciones. Esta vez me
he contenido y no quiero contar lo que ponen ni los nombres que airean,
que no se lo merecen, los muy cerdos.
Desde
que nuestros antepasados del Neolítico, que pintaban divinamente las
paredes de sus cuevas --arte rupestre le llamaban--, el arte mural ha
ido engrandeciéndose por un lado y envileciéndose --como los casos
urbanos que cuento--, por otro. ¿Cómo habría que llamar a este tipo de
"arte", hecho con nocturnidad, alevosía, ensañamiento y pésimo gusto?
¿Mostrenco? ¿Bruto? ¿Zote? ¿Zafio? ¿Zopenco? ¿Majadero? ¿Cebollino?
¿Paleto? ¡Ay, si nuestro insigne médico, don Regino de Miguel y Guerra
(1861-1932), titular de la calle, levantara la cabeza!