A la memoria de Antonio Covarsí Rojas, fotógrafo
Toda la mañana y mediodía de hoy, con los cielos nublados y plomizos, estuvo cayendo un suave sirimiri en Badajoz hasta bien entrada la tarde, en que se abrieron las nubes y salió un esplendente sol. Así que aprovechamos mi parienta y yo y, bien pertrechados con paraguas y chaquetones, para irnos a La Alcazaba, a la Biblioteca de Extremadura, a ver la exposición de fotografías de Alberto Schommer. Pero por el camino, hubo tiempo para entrar en la Concejalía de Cultura, en el 34 de la calle Mesones, para proveernos de programas, carteles, pegatinas y pines del Carnaval de Badajoz, ya en la recta final para su inicio. El amabilísimo Lorenzo Albarrán nos dio, además de palique y noticias varias, lo que buscábamos. Costó trabajo subir, porque la estrechísima vía estaba ocupada por máquinas, abriendo zanjas por enésima vez. Subiendo, nos cruzamos con los jóvenes estudiantes de la Facultad de Biblioteconomía --ubicada pared con pared con la Biblioteca de Extremadura--, que le están dando una vitalidad nueva a este sector tan emblemático de la ciudad.
La Exposición de Alberto Schommer (Vitoria, 1928), titulada "La Transición (1977-1988)", comprende 34 espléndidas fotografías a color sobre los personajes, todavía en nuestra memoria, que hicieron posible el cambio pacífico y sin grandes traumas, desde la Dictadura, a la muerte de Franco, a la llegada de la Democracia y años posteriores. Junto a fotografías personales y de grupo, la mayoría de ellas auténticos documentos históricos, pudimos contemplar una serie de montajes de carácter psicológico, donde los personajes retratados aparecían con elementos simbólicos que hablaban por sí mismo, como panes, guantes de boxeo, palomas, balanzas, capotes de torear, adargas y espadas, cristales transparentes, etc. Genial nos pareció alguna que otra composición, como la Máscara mortuoria de Franco, en tres etapas: la propia mascarilla en escayola, obra del escultor Santiago de Santiago, su resquebrajamiento y su conversión en polvo. Otro montaje sorprendente, en 6 grandes fotos, el proceso de la retirada de la foto de Franco de un colegio y su sustitución por la del Rey. Y otro grupo de fotografías, con los grandes artífices de la Transición, ¡los cinco magníficos!: Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Felipe González y Santiago Carrillo, todos ellos con una gran interrogante en sus cabezas o en sus solapas, y el cardenal Vicente Enrique y Tarancón... ¡levitando! Grupo en el que debía haber sido colocada, por méritos propios, la foto del Rey Juan Carlos I, que aparece aparte, en otro lugar de la Exposición. Y junto a ellos, fotos de gentes muy conocidas de la época y que tuvo algún papel en la Transición, pertenencientes a las esferas cultural, económica, sindical, religiosa, militar, etc. Todos, también, reconocibles. Pero si hay alguna que pasará a los anales de la Historia es la titulada, erróneamente, en mi opinión, La guerra --se tenía que haber titulado La reconciliación--, por cuanto aparecen ¡juntos! ocho grandes personajes que combatieron a muerte en los dos bandos de nuestra guerra civil --republicanos y nacionales-- y que, por ese don que tenía Alberto Schommer, los consiguió reunir para la posteridad y... ¡con la bandera de España, la de la restauración democrática, a su vera! Merece la pena nombrarlos: Ramón Serrano Súñer, Enrique Líster, Ramón Rubial, José María Leizaola, Raimundo Fernández Cuesta, José María Aguirre, Ignacio Gallego y Pilar Primo de Rivera. ¡Qué maravilla! ¡Qué ejemplo para las generaciones actuales, ahora que nuestros políticos, los de todos los signos, están crispando hasta la saciedad la vida de los ciudadanos, sacudiéndose dialécticamente lo que no está escrito...! ¡Deberían ver estas fotografías y dejarse llevar por aquel espíritu que trajo la Transición, de concordia y olvido del pasado! ¡Todo lo contrario de ahora, donde parece que vuelven a aflorar las dos Españas! ¡Qué poca categoría tienen los dirigentes españoles actuales comparados con los de aquella época!
¡Y es que no escarmentamos! ¡Qué poca memoria tenemos! ¿Por qué no viene Alberto Schommer de nuevo, les da un tirón de orejas y los sienta a todos juntos para hacerles fotos, que nuestro Antonio Covarsí, que podría haberlo hecho divinamente, ya no está con nosotros?
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Acabada la visita, con el sirimiri todavía cayendo, aunque con menos intensidad, aprovechamos que estábamos en La Alcazaba para darnos un garbeo por el Cerro de la Muela y hacer fotografías, que llevaba la cámara preparada. Qué excelente ocasión, cómo lucían el verde del matorral y el amarillo de las flores silvestres. ¡Ideal para fotógrafos, como Antonio Covarsí, ahora haciendo fotos en otro Paraíso! Así que venga a tomar vistas del interior y el exterior de La Alcazaba, desde sus almenas. Igual que caían las pequeñísimas gotas de lluvia, así caían las fotos en mi cámara digital. Sus edificios, sus ermitas derruidas, sus restos árabes, todo desde distintos ángulos, el barrio de San Roque, la nueva rotonda de la Ronda Norte, las granjas y rebaños cercanos al río, sus graveras, el Gévora, el fuerte de San Cristóbal, los cuatro Puentes.... ¡Qué lujerío de vistas hermosas de Badajoz! ¡Y no había nadie! Bueno, sí, dos parejas. Una, dos maromos en el interior de su coche, junto a la antigua Cruz de los caídos, y otra, una pareja de municipales del 092, también brujuleando arriba y abajo en su coche. Y, ya camino de recogida, venga a hacer fotos a la Puerta de Carros, a las murallas exteriores, a la plazuela de San José, a la Ermita del primer Patrón de la ciudad, a la Casa del Peso, con la plaza Alta al fondo, a la taberna de Salvatierra y a los pisos de por encima, donde Pili iba a la escuela de los cagones en su más tierna infancia... Y, bajando, a la plazuela de la Soledad desde la calle Mesones. ¡Qué día, hermanos! ¡Qué sirimiri de fotos!
Y, como remate de los tomates, con el sirimiri todavía a cuestas, que hacemos parada y fonda en el Bar La Corchuela, en la calle Meléndez Valdés, donde el simpar Antonio, el cuñadísimo de Ino Jiménez y hermanos mártires, nos sirve un par de pelotazos de tinto riberadelguadiana Cencibel, de Almendralejo, A. R., naturalmente. Con la suerte de que acude nuestro buen amigo Antonio G. Salas, Noni, al que invitamos a una copa, mientras los tres hablamos de la vida, de la familia, de los amigos, de comidas, de vinos, de La Cuchara de San Andrés, del Avisador, en tanto nos ponemos tibios de los buenos aperitivos del lugar --mondongas, torreznos guisados, patatas fritas, machaítas...--, establecimiento que acaba de cumplir sus primeros cien años de vida.