Cuando uno trata a la gente de oficios públicos y populares, de forma regular, suele surgir una afinidad, una fijación por determinadas personas por su valía profesional, por su categoría humana, por sus valores, en suma. Y eso es lo que, desde hace unos meses, tenemos establecido Pili y yo con un camarero del Bar La Aldaba, en la plazuela de Santa María de la Cabeza, en Santa Marina alta, mi barrio. Pero no se trata de un camarero cualquiera, que hasta en su porte, en su aspecto estético, difiere cien leguas del resto de sus compañeros. Estoy hablando de Antonio, un camarero portugués, de Campomayor, por más señas, que trabaja con una profesionalidad digna de encomio en La Aldaba y que, de tanto tratarnos, lo consideramos casi de familia. Porque hacía tiempo no veíamos en Badajoz a un camarero tan bien puesto e impecable --camisa blanquísima, mandil, pantalones y zapatos negrísimos, un dandi con la bandeja--, tan educado, servicial y sencillo en el trato, con un español justo pero suficiente. Antonio, un tipo bien plantado, a sus 60 años --que no los representa--, pelo y bigote canosos, bien cortados, gafas de intelectual, porte señorial, con cuatro hijos y siete nietos, y que vive allende la Raya, lleva trabajando en La Aldaba, el bar de los platazos de aperitivos de Badajoz, sólo cinco meses y ya verlo --si lo comparamos con el aspecto desaliñado de sus compañeros de oficio-- llama la atención de cualquier observador atento.
Pero al calor de nuestras visitas a La Aldaba y de su trato servicial, al congeniar con el paso del tiempo, uno se entera de que nuestro Antonio, el camarero de Campomayor, es un tipo especial. Que resulta que desde hace 25 años para acá fue uno de los cantantes más solicitados de Lisboa en sus noches locas de fiesta. Que con el nombre artístico de Marco Antonio se lo rifaban en las mejores salas de fiesta lisboetas --O Infante branco, Hipopótamo, Maxim's, Cave vella...-- por su voz enternecedora y grave, cantando no sólo fados, sino, además, canciones de lo mejor de Claudio Villa, Julio Iglesias, Camilo Sesto, Nino Bravo y Carlos Cano, con su famosísima "María, la portuguesa", entre otros cantantes famosos de la época. Un fenómeno, vamos, este Marco Antonio. Y como sería la cosa que cuando, de tarde en tarde, vuelve a estos y otros "salones de la noche" de Lisboa, ¡le tienen reservada una botella a su nombre, ya sea de whisky, ginebra o ron! Botella exclusiva que sólo se abre cuando él llega y pide una copa. ¡Como los artistas de postín, los grandes señores! Un hombre que, por esos años, tuvo éxito también como restaurador y empresario en la capital lusa y que, al correr del tiempo, las cosas se le torcerían por culpa de las mafias que operaban en el sector, para hacerse trotamundos, primero como pintor en Bélgica y, ahora, de camarero en Badajoz.
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Antonio, Marco Antonio, camarero de Campomayor, es un placer haberte conocido, que tipos tan sencillos, elegantes y serviciales como tú los hay pocos. Y que ahora, cuando las cosas no vienen bien dadas, estás ahí, a tus 60 tacos, siempre dispuesto y con la mejor de tus sonrisas, tratando de salir adelante. Y está pendiente que un día de éstos le digo a Chico, el baranda de La Aldaba, que nos organice una velada contigo, que queremos oir tus viejas canciones, tus fados y tu "María, la portuguesa". Que llamo a los amigos y cerramos el Bar sólo para nosotros, si hace falta. Y, de paso, te hacemos un homenaje, que te lo mereces, que el Avisador se encargará de presentarte, más o menos, así: ¡¡Con ustedes, señoras y señores, el famoso cantor melódico portugués, procedente de las mejores salas de fiestas de Lisboa... Mar-co An-to-nio!!