Del teatro López de Ayala, por cierto. Que la pasada semana fui con Pili a la función que ponían las alumnas de la Universidad de Mayores, que echaban La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, nada menos. Que, por lo visto, había que ir media hora antes porque te daban allí la entrada. Y al llegar a las taquillas, a las cinco de la tarde, hora lorquiana por excelencia, unas colas impresionantes, que llegaban a La Marina. Y de cuatro y cinco en fondo. Y el batiburrillo que allí había formado, de impresión. Pues resulta que la mitad iba con entradas y el resto a que se la dieran allí, y sólo dejaban pasar a los que las tenían. Pero el atasco que se formó fue monumental, con la gente que no podía entrar enfadada, pidiendo explicaciones al maestro armero, o séase, a Miguel Caballero, uno de los miembros de la organización. Pues se daba el caso de que muchos alumnos y alumnas de esta peculiar Universidad iban sin entradas y, por el contrario, una cantidad ingente de personas que no lo eran, con ellas en la mano. Así que unos queriendo entrar y otros queriendo salir por impedírselo los porteros, aquello fue un pequeño caos. Durante la espera hubo tiempo para que Jacinto el trompeta, que pasaba por allí, obsequiara a la concurrencia con unos compases de "Extraños en la noche", de Frank Sinatra. Algo es algo. Y menos mal que, al final, los agobiados porteros abrieron las puertas de par en par y dejaron entrar a todos, con lo que el coliseo pacense se llenó hasta la bandera. 750 asistentes, todo el aforo, que se dice pronto. Como en las galas de postín. Y este Avisador, junto con su esposa, en la antepenúltima fila del ...¡gallinero! Como en sus viejos tiempos de mocedad, viendo películas en sesión doble, sin numerar, en las tardes de los domingos. Divinamente, amigos, que me hicieron recordar mi adolescencia y juventud.
***
Pasando a la función en sí, tuvimos ocasión de presenciar una obra clásica de nuestro teatro lorquiano a cargo de 15 actrices --si no me equivoco-- de edad provecta, que derrocharon voluntad, entusiasmo y sobriedad a raudales, aunque, dadas las edades, el apuntador tuviera que hacer horas extra. El director fue Anastasio Cortés, un aficionado con muchas tablas de teatro, proyectos y montajes en su haber. Todas cumplieron divinamente su papel, aunque algunas se lucieran más que otras --la dictatorial Bernarda, su madre, no tan loca como querían hacerla parecer, alguna de las mujeres del servicio--, en una obra de ritmo lento y premioso, pero con un transfondo donde dimanaban los lutos, los celos, las envidias, los cotilleos pueblerinos, la imagen represiva del padre, la lucha por la libertad... Al final recibirían los justos y merecidos aplausos de la concurrencia. Que venía a premiar, creo yo, el esfuerzo de superación y la dedicación teatral de un elenco de convecinas nuestras, alumnas de la Universidad de Mayores, con nietos creciditos y, tal vez, bisnietos. ¡Enhorabuena, pedazo de artistas, sois las mejores!