Ayer a mediodía, acompañado de la patronal, nos dimos un garbeo por el Mercata de los martes, el ubicado en Valdepasillas, en uno de los llanos del antiguo ferial de San Juan, donde se ponían los circos. Al final de la larguísima avenida del Guadiana, justo enfrente del colegio Santa Marina. El terreno tenía muchos charcos y barrizales de las lluvias anteriores, que esta mañana, por cierto, nubosa y amenazante de lluvia, sin embargo se quedó sin llover, para regocijo de vendedores y amas de casa. Porque un 98,5 % de los allí presentes, a mediodía, eran señoras, señoritas y yogurines. Que conté a los señores, muchachinos y mozarrones y estábamos doce gatos sólamente. El resto, personal femenino. Mayoría absolutísima. Y nada más entrar, nos retumban en los oídos los pregones de una buena gitana, muy joven ella, desgañitándose a más no poder:
--¡Qué barato vendo! ¡Qué barato vendo!
Y venga a enarbolar bufandas, capas, toreras, ponchos y pañoletas, muy solicitadas todas estas prendas en este invierno.
--!Todo a dos! ¡Todo a dos! ¡Todo a dos!
Dos machacantes, claro.
--¡Necesito billetes!
Y yo, y éste y el de más allá... ¿Y por qué no va al Banco de España, que estaba al lado? Pero la vendedora desaforada no oía hoy a nadie.
--¡Si le gusta, 2 euros, y si no le gusta, también!, seguía bramando la buena mujer.
--¡Qué barato vendo!, ¡Qué barato vendo!, así, tropecientas veces, casi a un palmo de los compradores.
Demasiado para el cuerpo, amigos, pero la gente, arremolinada en el puesto, dándose achuchones para llevarse prendas de todos los colores y diseños.
--¡Qué barato vendo! ¡Necesito vuestros billetes!
Descaro total, esta mujer acabará con su garganta hoy, pero erre que erre... Hay que irse cuanto antes, los oídos parecen que van a estallarnos.
Y más allá, en muchos de los puestos, los vendedores que andan recogiendo firmas.
--¿Para qué es, si puede saberse?, pregunto en la primera mesa.
--Es que nos quieren echar de aquí..., me dice una joven vendedora.
--¿Cómo?
--Sí, que el Ayuntamiento quiere que nos vayamos al Casco Antiguo, que allí no hay sitio para todos, que es pequeño y no caben todos los coches...
Y me entero de que la recogida de firmas está promovida por la Asociación Extremeña de Jóvenes Vendedores Ambulantes (AEJVA), que tiene su sede en Arroyo de San Serván. Que los ambulantes, con la casa a cuestas, con las furgonetas hasta las trancas, han tenido que madrugar lo suyo, con el frío y la humedad reinantes, que hoy están trabajando aquí, en Badajoz, pero que mañana van a Cáceres, pasado a Don Benito, el otro día a Zafra, el siguiente a Mérida. Siempre de mercata en mercata, que aquí tienen una manera de ganarse la vida esta gente.
--¿Y usted no será del Ayuntamiento? ¿Por qué escribe tanto?, me dicen algo desconfiadas cuando me ven tomar notas.
--Pues, hija, ni soy del Ayuntamiento ni de Hacienda --les tranquilizo--, que quiero saber cómo funciona ésto.
--Pues el Ayuntamiento parece que no nos quiere bien... Que nos quiere quitar de aquí...
--¡No será para tanto!
--Bueno, pero eche una firma aquí --al tiempo que me muestra el pliego y el boli.
--Pues, lo siento, señora, que a mí me gusta más comprar allá arriba, junto a la Torre de Espantaperros, en El Campillo, que allí subiría más gente. Y, además, tiene un encanto que aquí no se da...
Con una mirada de reojo me despide y yo les deseo suerte. Con que vuelta a seguir el recorrido por los puestos, con muchos de ellos atendidos por jóvenes gitanos, ellos con sus cadenas, relojes y anillos de oro macizo; ellas, bellísimas, con sus cadenas, pendientes, anillos y pulseras, también de oro.
--Y de 24 kilates, oro del "bueno", el que te venden en la Joyería de José María García, no ese otro de la tienda Siglo XXI, que dicen que es de 18 kilates, ¡qué de 18, de menos, que tiene mucho cobre, sí lo sabré yo! --te dice con autoridad un joven gitano de Las Moreras, que luce un impresionante peluco de oro de 300.000 pesetas de las de antes y un anillo macizo en su mano derecha, de 200.000.
Con tanto trato, el chaval que pregunta:
--¿Es que sóis de alguna Joyería?, cómo preguntáis tanto por las joyas...
--No, qué va, es por saber...
--¡El reloj te lo vendo, pero el anillo, no, que fue un regalo!
***
Eran cerca de las dos cuando recogimos el hato con las bolsas de la compra y tomamos el coche de regreso a casa. Era la hora de la salida de los niños del cole, de la gente de sus trabajos, todos con coches, por lo que se montó un atasco fenomenal en el cruce con la autovía, donde, por cierto, una grúa transportadora de coches de la Peugeot cercana se había quedado atravesada por avería., teniendo que dar más rodeos que en el Oeste. Pero esto es Badajoz, tierra de Dios, a partir de las dos.