15 de Enero, 2006

¡El otro bautizo!

Por El Avisador - 15 de Enero, 2006, 22:17, Categoría: General

Sí, el otro, el de alguien anónimo, uno de la gente del común, la de a pie, el de la gente corriente y moliente... Que ahora con el bautizo Real, el bautizo de la Infanta, el bautizo de los Borbones, el bautizo de Leonorín, el bautizo del Siglo, vamos, estáis como deslumbrados. Como en una nube. Que no dejáis de ver, leer y escuchar noticias, fotos y reportajes en todas las televisiones, en las revistas del colorín, en los programas de radio y en el Internet ese. Que no hacéis otra cosa que recrearos en la parafernalia de este bautizo mediático, de lujerío y boato, como si fuera un bautizo distinto, salvo en los asistentes y en el significado para la Monarquía, al del común de los cristianos de carne y hueso que poblamos este lugar todavía llamado España...
Como el de este Avisador, hace años ya, que se bautizaría unos días después de haber venido al mundo (un 23 de octubre del año del Señor de 1943, en los años del hambre, por desgracia, pero también de lucha por la subsistencia y la  vida) en la casa materna del pueblo de origen, nada de Hospitales, clínicas privadas y otras instalaciones lujosas, en una cama de metro y medio de alta, con su vara para ajustar sábanas y colchas (porque no se llegaba con los brazos) y su orinal correspondientes. Que el bautizo tuvo lugar en el parroquial de Peraleda de San Román (iglesia de San Juan Bautista, con su retablo y Cristo barrocos, lo más destacado del pueblo), en la provincia de Cáceres, comarca de la Jara, donde Cristo dio las tres voces, muy cerca de Guadalupe, en el corazón de las Villuercas, y de la raya toledana, sin tanto ringorrango ni pamplinas y que tuvo el mismo valor y significado sacramental que el de Leonorín, pero que no tuvo resonancia mediática alguna. Sólo que tocaron las campanas de la iglesia a bautizo, para que se enterara todo el mundo, incluidos los que estaban con la yunta arando en el campo. Y que por no haber, ni me hicieron fotos. Que el oficiante fue el cura-párroco de la villa (adscrita, por cierto, al Arzobispado de Toledo), nada de obispos, arzobispos ni cardenales de la Curia romana. Que el agua bautismal fue traída de la fuente cercana, a donde las mozas iban a por agua con sus cántaros a la cintura, nada de río Jordán ni otros de nombres famosos. Que los padrinos no fueron Reyes ni Príncipes ni gente de alta alcurnia y baja cama, sino mis añorados y queridísimos tíos Pedro y Flavia, gente del campo, labriego él y mujer de su casa, ella. Pero que no los cambiaría por nadie. Que al acto asistió mi querido padre, el tío Jacinto, modesto pero orgulloso sargento de Infantería, con destino en Gerona, con su traje de militar, con sus tres medallas, sus guantes blancos y su sable, que Felicísima, la señá Sima, mi santa madre, todavía en la "cuarentena", no podía salir de casa. Costumbres de la época que mandaba guardar la Santa Madre Iglesia. Y, por supuesto, la gente de mi amplísima parentela: bisabuelos, abuelos, tíos, primos y allegados. Que a mi me pasaron de brazos en brazos y las comadres dijeron que me parecía a casi todos los antepasados de la familia. No como en el bautizo Real, que a la Leonorín no la soltó la Leti ni para tomar agua, no se la fueran a quitar. Que no hubo foto oficial, pero que no hacía falta, porque eso era una cursilada en aquellos tiermpos. Y, además, que no había algún Vidarte en 200 leguas a la redonda y tener una cámara era cosa de ricos. Que después sé que se reunieron en un ágape familiar en la casa materna y hubo una comida por todo lo alto, igual casi que en las bodas, un guiso de patatas con carne de cabrito para toda la parentela en el patio de la casa hogareña. Y con un pan recién salido de la tahona cercana que olía a tarama del horno y un vino de pitarra sin denominación de origen ni nada de esas chorradas, pero que estaba riquísimo. Y después, por la tarde, ya en casa de los padrinos, café bien cargado, de pucherete, dulces caseros y coñac Decano y anís del Mono, que fueron muy rumbosos con la chiquillería, a quienes tiraron muchas perras gordas y chicas para que se compraran golosinas: garbanzos tostaos, palocazul, azofaifa y esas cosas infantiles de comer de la época.
Y aquí estamos, 62 años después, vivito y coleando para contarlo. He dicho.

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