--¿Pero siete de qué?, me dice un vecino jubilata de Santa Marina, mi barrio, que viene de comprar el pan, mientras miro un escaparate por bajo de mi casa.
--¿Pero no lo ves, alma de Dios? ¡Ponte las gafas de cerca, majo! ¡Sólo siete!
--¿Pero qué siete ni qué niño muerto?, ¿a qué te estás refiriendo?
--¡Pues qué va a ser, a los trajes de novia que están colgados ahí dentro de la Tintorería!
--¿Y eso?
--Pues que antes había como 15 ó 20 y ya quedan sólo siete, pero no vienen, que no...
--¿Y quiénes no vienen, si puede saberse?
--¡Quiénes van a ser, duro de mollera, pues siete novias de Badajoz, las que se casaron hace poco y no vienen a recoger sus trajes! ¡Los trajeron para su limpieza y se han olvidado de venir a recogerlos! ¡Que no quieren saber más de ellos, vamos!
Pues así fue la cosa esta gélida mañana, más o menos. Y mira que lo vengo diciendo desde septiembre, menos mal que algunas se conoce que me han hecho caso y han ido a por sus vestiditos, blancos y radiantes. Pero las siete últimas...