Sí, me estoy refiriendo al Fuerte de San Cristóbal. El otro vigía secular, junto al cerro de La Muela, de la ciudad Badajoz. El que se levantara en un lugar inexpugnable, sobre el antiguo cerro y palacio de los duques de Orinace. El mismo que quiso Ibn Marwan para fundar Badajoz en el siglo IX, pero que el emir de Córdoba, para llevarle la contraria, se lo negó, mandándole al cerro de enfrente, el de La Muela. Por suerte para Badajoz y los que aquí vivimos, que la Historia de la ciudad pudo escribirse de manera muy diferente. El Fuerte de los lirios de nuestra infancia, cuando nuestros padres nos llevaban a merendar en sus faldas, junto a Marchivirito, en las plácidas y soleadas tardes del domingo. Faldas que se poblaban de lirios silvestres (las populares varitas de San José) al llegar la primavera. Lugar ideal para cientos de badajocenses, que pasaban la tarde de la romería de Bótoa esperando los ruidosos carros y los romeros de vuelta, al amor de una buena manta y al calor de una comida campestre por todo lo alto, con sus guisos de patatas con carne y habichuelas, chuletas de cordero, huevos rebozados y tortillas de patatas, entre copa y copa de los ricos vinos de La Corchuela o de El Rincón. El Fuerte de los lirios, como así lo llamaba también el inolvidable cronista del Badajoz de antaño, don Manuel Alfaro Pereira. Un Fuerte que desde su construcción, a mediados del XVII, fue imposible de tomar por el enemigo en las incontables acciones de guerra y asedios que sufriera la ciudad. Santo y seña del recinto abaluartado de Badajoz. Y hoy, desgraciadamente, dejado de la mano de Dios y de los naturales de este pueblo. ¡Cuánta ruina! ¡Cuánto abandono! ¡Cuánta desolación! ¡Lo que no consiguieron las guerras lo están consiguiendo el olvido, la incuria y el paso del tiempo! ¡Cómo no acordarse de los bravos defensores de este recinto, que se dejaron la piel y la vida por defender Badajoz! ¡Cuánta sangre, cuánto sudor y cuántas lágrimas, Señor, han visto estos muros! ¡Y qué desmemoriados son los actuales habitantes de la ciudad, que viven de espaldas a este hermoso recinto y a lo que significó en la Historia! Un recinto formidable, cuyas ciclópeas defensas se encuentran, todavía, en un magnífico estado de conservación. Pero que su interior, su habitáculo, las edificaciones que lo formaban, se hallan totalmente derruidas o a medio caer. Como si hubieran pasado una horda de vándalos. Con las paredes acribilladas de grietas, desconchones y pintadas. Donde anidan las ratas, las lagartijas y los escarabajos. Y con los árboles caídos y podridos, sirviendo de leña para fogatas y candelas de gente marginal.
El pasado domingo, a mediodía, mi parienta y yo cogimos el toli y nos pateamos el cerro y el Fuerte, donde los próximos lirios viven agazapados, invernando, a que llegue la primavera. Y por derredor, la suciedad y el abandono: deshechos, basuras, ripios, escombreras incontroladas... Y sin un alma en el interior ni en los alrededores. Nadie. La soledad más absoluta. Un Fuerte solitario y abandonado. Por no estar, no estaba ningún concejal, ni el alcalde, ¡ni los Vidarte!, que ya es decir, fotógrafos que suelen estar en todos los sitios. Así que nos hiciemos cargo de la situación y, cámara en mano, nos dimos un recorrido por el interior y, más tarde, por fuera. A la entrada, una placa era el único signo civilizado que informaba al viajero, en español y portugués, sobre el monumento. Detalle que se agradece del Plan de Dinamización turística del Ayuntamiento de la ciudad.
Pero todo iba a cambiar cuando, desde lo más alto, contemplamos las vistas en derredor. Vistas magníficas, extraordinarias, del río, de su afluente el Gévora, de las vegas del Guadiana, del Pico, de la ciudad, de La Alcazaba, en su promontorio, de los puentes sobre el Guadiana, de la vecina Elvas, como una paloma blanca posada en tierra... ¡Qué maravilla! ¡Si habría que cobrar por contemplar estas vistas! ¿Y los cielos de Badajoz? En un día soleado, donde las nubes oscurecían por momentos la zona del río, fue enormemente gratificante contemplarlas casi tocándolas con la mano. ¡Qué cielos, amigos! ¿No hay pintores de cielos en Badajoz? ¿A qué están esperando? ¿Cómo se pierden estas vistas desde el Fuerte de San Cristóbal? Y entre tanto, el Ayuntamiento, el baranda de Turismo, el bueno de Germán, ¿qué hacen?, ¿por qué no acotan esta zona para observar, pintar y fotografiar cielos? Estábamos ensimismados contemplando tanta maravilla natural cuando, al bajar de las alturas, vemos escrito, a duras penas, sobre uno de los paredones del interior, destacando entre tantos brochazos y grafitis, la dedicatoria incompleta de un poeta anónimo del siglo XX, dedicado a Alba: "Te daré las estrellas y tú las pintarás de plata..., ...., si nos vas a dejar".
Hora y media después salíamos, no sin dejar de hacere fotos, y nos metimos en el cercano bosquecillo de abetos y pinos siguiendo el rastro de unos excrementos menudos, impropios de perros. ¡Eran de ovejas! Y allí estaban, casi 200, en las laderas que dan a la UVA, triscando nerviosamente la abundantísima hierba del lugar. Y con ellas, los perros y... ¡el pastor! ¡Emilio, el último pastor de Badajoz por estos contornos! Pero lo del pastor, su vida, sus ovejas y sus perros lo contaremos en otra ocasión, si Dios quiere.