El pasado jueves asistíamos en la sede de la Asociación de Vecinos de
Santa Marina a la apertura de curso de su afamada Tribuna El Ancla, con
una charla-coloquio a cargo de Alberto González Rodríguez, experto como
pocos en la Historia (y la intrahistoria) de Badajoz, Cronista oficial
de la ciudad y doctor en Historia del Arte, entre otros títulos y
blasones. Se titulaba Personajes del siglo XX. Crónica de una época y
el salón se llenó de gentes del barrio, de la cultura y la sociedad
local, entre ellos los tres mosqueteros..., digo, los tres Vidarte
(Manolo, Enrique y su primo Juan Carlos, más conocido por El Monstruo)
y el mismísimo alcalde, Miguel Celdrán. Presentó nuestro ínclito Manolo
Pérez, polifacético locutor-pregonero-presentador-escritor-declamador,
que ha cogido la manija de la Tribuna
Alberto circunscribió su
charla-conferencia a la primera mitad del siglo XX, aunque tuvo
ramalazos que le llevarían a la segunda. Y como su nombre indicaba, por
allí desfilaron numerosísimos hombres y mujeres populares, conocidos de
la vida pacense de la época. Gente singular, atípica, chispeante,
ingeniosa, de talante abierto, preferentemente del común. Muchos de los
que allí estábamos asentíamos con la cabeza al oir tal o cual nombre,
lo que certificaba la veracidad de los datos expuestos. Lógicamente,
hubo una exposición previa sobre la ciudad, su población, el ritmo de
crecimiento, su vida económica y social, los oficios predominantes, sus
estructuración en clases, estamentos (religioso, militar, burguesía,
pueblo llano, los pobres y ¡sus categorías!...), etc. Datos para el
recuerdo fueron, entre otros muchos, que a principios del XX Badajoz
contaba con unos 25.000 habitantes (o séase, unas 5.000 familias), que
en 1959 se llegó a los 102.000, para llegar al padrón de 2004, con unos
140.000. También salieron a relucir conocidas sagas familiares pacenses
con personajes inolvidables: los Sampérez, los Vidarte, los Covarsí,
los Garrorena, etc., etc. Incluso se llegó al detalle con tal o cual
nombre, antepasados de algunos de los que ahora vivimos en la ciudad,
como el de una tal Zaida García, tía-abuela de nuestro amigo Antonio
García Salas, una de las empresarias pioneras de Badajoz. O el de don
José Celdrán, padre del alcalde, que, en un momento determinado, estaba
sesteando plácidamente en su butaca.
Cómo
sería la profusión de hombres y mujeres populares de Badajoz en ese
siglo, que el conferenciante sacó una de las muchas listas que ha
elaborado sobre la cuestión, y, en un santiamén, se leyó una con ¡cien
nombres!
Al final hubo diversas intervenciones del público, que
completaron la estupenda y amenísima charla de Alberto --por cierto,
una de las cien intervenciones que tiene al año este activo cronista
badajocense--, charla que contribuyó, sin duda, a levantarnos la
autoestima como ciudadanos de este Badajoz de nuestras entretelas.
Enhorabuena.