Aunque las aguas bajan turbias en el Magisterio badajocense y los
maestros andan revueltos --y con toda la razón del mundo--, pues han
defenestrado a un profesor por supuestas faltas a un menor, sólo ha
valido la denuncia de sus padres, pasándose la Dirección Provincial por
el arco del triunfo la presunción de inocencia que consagra la
Constitución, todavía hay tiempo para celebrar en la intimidad el Día
del Maestro. La fecha oficial es el 27 de noviembre, día de San José de
Calasanz --curiosamente, una fecha impuesta durante el régimen de
Franco, que todavía pervive--, pero como cae en domingo se ha
trasladado al viernes anterior. Así, los colegas del colegio Juventud,
mi colegio de toda la vida, han tocado a rebato y han llamado al
personal, tanto en activo como jubilatas y pensionistas, y nos hemos
ido de comida el jueves 24 al Restaurante Campañón, en la antigua
cañada real, junto al viejo campo de fútbol de El Vivero, hoy conocida
como avenida de Manuel Saavedra Martínez. Y nos recibe, con su
acostumbrada humanidad, todo sonrisa, Manolo Campañón, genial
restaurador badajocense que lleva en el oficio nada menos que ¡40
años!, habiendo iniciado sus pinitos en el desaparecido Hotel Madrid,
en la plazuela de la Soledad, contándose por éxitos su labor
restauradora, en nombre de Extremadura, en sitios como la Expo-92 de
Sevilla, en Madrid, Barcelona, etc. Con tan buena tarjeta de
presentación, allí que compartimos mesa y mantel unos 30 compañeros, la
mayoría en activo y el resto jubilatas. Buena ocasión para el saludo y
el abrazo, para contar cómo van las cosas por el colegio, para saludar
a la gente nueva, que cada vez hay más, pues se están jubilando los que
empezamos en el 77 y posteriores, y para el final del presente curso se
anuncian... ¡cinco de una tacada! Ley de vida, pero hay que hacerlo
cuando el personal conserva la juventud en el corazón y en la mente. La
comida, estupenda, magníficamente servida por el personal de la casa,
que a esas horas del mediodía, estaba con el cartel de no hay
plazas.Aunque el vino que te ponen es manifiestamente mejorable: un
tinto joven Jumero, un riberadelguadiana, uva tempranillo, embotellado
en 2004 por el pacense Francisco Javier Seco de Herrera, que resulta
que fue ¡antiguo alumno del Colegio!
Pero
como todo tiene arreglo en esta vida, que llamo a Manolo Campañón y le
digo si me puede poner un vino de superior calidad, Payva, de crianza,
por ejemplo. Dicho y hecho.
--Pide lo que quieras, que estás en tu casa, me dice con su mejor sonrisa.
Y
me plantan una botella. Así, por la cara. Así que los ibéricos y demás
entrantes, además del solomillo, que estaba que se comía solo con la
vista, estuvieron muy bien acompañados. Pasado un buen rato, les digo a
mis compañeros de mesa que si quieren una copa de Payva. Y allí me veo,
a petición del distinguido público --la gente iba muy peripuesta--,
llenando copas a diestro y siniestro. Con lo que los camareros, que
estaban al loro, cuando se acababa una me traían otra. Y así, toda la
comida. Campañón, eres el mejor.
Un
par de horas después, levantamos el vuelo, no sin antes hacernos unas
fotos para el recuerdo. Y la que mejor quedó, la más comentada, fue una
en que estábamos tres maestros, tres, colocados por estatura: abajo,
Ángel Lerma (sí, el hijo del Maestro Modesto Lerma, director que fue de
la Banda Municipal de Música de Badajoz), todavía en activo, en el
medio Antonio Béjar, prejubilado, se jubila al final de este curso, y,
subido a una silla, para sobresalir la cabeza, el abajo firmante,
jubilata. O sea, los tres estados del maestro hoy día: el que está en
activo y todavía le faltan algunos añitos, el que está a punto de
jubilarse y cuenta los días que le faltan, y, finalmente, el jubilata o
pensionista, el no va más de la profesión. Tal y como se están poniendo
las cosas hoy día. ¿O no, amigos?