Pues seguimos de tapeo por el Casco Antiguo. Si anteayer domingo hicimos la primera "estación" en el Bar Restaurante La Ría, ayer lunes decidimos pasar por el Restaurante y Asador Argentino La Patagonia, en la calle Virgen de la Soledad, 6. Poca gente por las calles del Centro. Natural, era lunes y el personal después de trabajar se va a casa a comer. Pero, así y todo, vimos a gente que entraba aquí y allá en algunos de los muchos locales hosteleros que tiene la zona. El aperitivo a mediodía no se puede perdonar. Y eso es lo que hicimos la patronal y el abajo firmante, que, después de darnos un garbeo por Santa Marina y pasear nuestros cuerpos serranos por la avenida de Colón, enfilamos en dirección al Centro a ver qué tal se daba. Así que, después del recorrido por la calle comercial de Menacho y su prolongación, Francisco Pizarro, giramos a la derecha por Virgen de la Soledad y subimos, dando tiempo de saludar al popularísimo Juan Carlos Vidarte, que estaba al teléfono el hombre, en su tienda "multiuso" de Fotografías-Museo-Almacén-Trastero-Garaje-Gabinete filosófico y no sé cuántas cosas más. Con que nos despedimos rápidamente y entramos en La Patagonia, donde pedimos un buen vino, esta vez argentino. Y nos ponen un tinto Trapiche, uva Malbec, cosecha 2004, procedente de la provincia de Mendoza, zona vitivinícola de altura, con unos vinos de impresión que nos recuerdan a los riojas españoles. Víctor, el encargado, se acerca y nos saluda. Es de la tierra y está muy contento con su trabajo en este local acogedor, que está siendo muy visitado con motivo de la Feria de la Tapa. Todos los productos que se consumen, especialmente las carnes, son argentinos, traídos expresamente de la Argentina a través de una empresa importadora de Málaga. Los caldos, por el contrario, vienen de Madrid, por mediación de otra empresa similar. Así que con estos antecedentes pedimos el surtido de la casa, 3 tapas, 3: ensalada patagónica (fría), salpicón argentino (fría), con chorizo criollo, carnes y morcilla de ternera, de las que se preparan a la parrilla, y albóndigas en su salsa, también con carne de las Pampas. Tapas ideales para los buenos gourmets de la carne, que necesitan de un tinto para darse un homenaje. El salpicón, con su salsa, de impresión, hermanos. Al lado, un mozo de Olivenza, hijo de la cocinera del lugar, con quien entablamos una breve conversación, se estaba metiendo entre pecho y espalda un par de cervezas Quilmes, también argentinas, que, por lo que nos dice, entraban divinamente. Pero como uno está al vino, repetimos el Trapiche mientras del fondo sale la voz inconfundible de Carlos Gardel, el rey del tango. Con los colores albiazules omnipresentes en la sala y en los polos de los camareros, sólo faltaba que en la tele hubieran puesto un episodio de la serie de dibujos animados Marco, de los Apeninos a los Andes, cuando el popularísimo y lacrimógeno rapaz, acompañado de su díscolo y teatrero mono Amedio, pasaba las noches en la Pampa argentina, a la búsqueda de la señora Ana, su mamá del alma, durmiendo al raso bajo un cielo estrellado, rodeado de gauchos, vacas y viajeros cansinos. Argentina pura y dura.
A la hora de pagar, nos saluda el gerente, el amabilísimo Guillermo Yambrie, con su peculiar polo de rugby, con quien charlamos un buen rato, en tanto el camarero nos sella los "pasaportes". En señal de amistad, quedamos en intercambiarnos polos deportivos, que yo le llevaré algunos de balonmano a cambio de los suyos celestes.
Ya de regreso, las tres de tarde, con los sentidos y el gusto argentinizados, que le pido a la patronal que me tararee, si recuerda, la cancioncilla de Marco en la pegadiza serie infantil de marras. Y allá que fue mi moza y me cantó por lo bajini:
En un pueblo italiano,
al pie de las montañas,
vive nuestro amigo Marco
en una humilde morada.
Se levanta muy temprano
para ayudar a su buena mamá.
Pero un día la tristeza
llega hasta su corazón,
mamá tiene que partir,
cruzando el mar, a otro país.
No te vayas, mamá,
no te alejes de mí,
adiós, mamá,
pensaré mucho en tí,
no te olvides mamá
que aquí tienes tu hogar.
Si no vuelves, pronto iré
a buscarte donde estés,
no me importa donde vayas.
¡¡Te encontraréeee...!!
¡¡Claro que la encontró, y en las Pampas, en la Argentina, nada menos!!
Medio emocionado y con algunas lágrimas en los ojos iba el abajo firmante como alma en pena, soñando con los extensos páramos criollos y siempre en compañía del Marquito de las narices y de su antipático mono, cuando unas voces infantiles me sacaron de mis casillas.
--¡Seño! ¡Seño!
--¿Qué pasa?, me espabilo de la modorra.
Que son dos gitanillas que están llamando a la parienta, que había sido su maestra en el colegio San Pedro Alcántara. Y vengan besos y abrazos a la "señorita" y a preguntar por la familia, los churumbeles y tal.
Y es el momento en que salgo del sopor y me doy cuenta de que estamos en Badajoz, tierra de Dios... ¡Como para no darse cuenta, amigos! ¿El reloj de una Catedral que está parado y lleva la intemerata? Es que estamos en Badajoz. ¿Una furgoneta Guarronegro que pasa llena de los buenos chorizos, morcones y jamones de la tierra? Es que estamos en Badajoz. ¿Una calle céntrica con zanjas como para encontrar petróleo? Es que estamos en la calle del Obispo, en Badajoz.