Ayer a mediodía, mi parienta y yo decidimos coger los caminos del sur. Mejor dicho, los del suroeste, los que llevan a la carretera de Olivenza, la barriada de Llera, etc. Con un tiempo espléndido, con el sol en lo alto pero calentando más bien poco, cosas del otoño por estas tierras, cogimos el morral y el "tren de San Fernando" (ya sabéis, unos ratos a pie y otros andando) y enfilamos las avenidas de Villanueva (del Fresno) y su prolongación, la de María Auxiliadora. Íbamos camino del Cementerio viejo a hacer una visita y, de paso, a localizar las tumbas de algunos viejos familiares de Pili, ya fallecidos. Tras el ajetreo de los días precedentes, este era el momento ideal para hacer la tradicional visita. Tras la imponente y señorial fuente de Isabel de Portugal, con una vista espléndida, nos jugamos el tipo al atravesar el peligroso cruce de la avenida Jaime Montero de Espinosa, donde hay que tener cuatro ojos con los coches que cruzan a gran velocidad, sin importarles mucho ni poco los pasos de peatones. Ya en el viejo camino que lleva al Cementerio, asentado en las laderas del histórico Cerro del Viento, del cercano campo de fútbol José Pache nos llegan el bullicio y la algarabía de los aficionados, con bombos y charanga incluidos, que están animando a su equipo de fútbol. Ajenos a la bulla deportiva, vemos que entran y salen algunas parejas de edad, mujeres portando bolsas en las manos y algunos grupos familiares, que han dejado el coche junto a la entrada. Parece algo tarde pero nos tranquilizamos cuando vemos que hay un cartel a la entrada que dice estar abierto, de forma ininterrumpida, de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Nada más pisar el umbral de este camposanto, inaugurado en 1839, siendo alcalde de la ciudad don José María López, dos amabilísimos empleados del Ayuntamiento se aprestan a ayudarnos en lo que se les ofrezca. Son Pedro y Emilio, los nuevos enterradores, gente joven (sobre los 40 años), que se afanan en la puerta dando agua, prestando una banqueta, una escalerilla, dando consejos, instrucciones, todo con su mejor sonrisa... Y entonces ocurre lo que no esperábamos, que Pedro y Emilio nos hablan de su trabajo, que qué necesitamos, que harán lo que esté en su mano, de lo ingrato que pudiera ser pero que es tan digno como los demás, del cementerio, de sus cuarteles, del que está en obras, de qué personajes importantes están enterrados aquí o allí, de que ellos tratan a todos por igual, de dónde está la tumba de Carolina Coronado, de la gente de Almendralejo que viene en autobús a verla, de la capilla, que en este mes dan misa todos los domingos a las 11 de la mañana, de lo bien que ha quedado adecentada la antigua fosa común... Y que nos llevan en volandas a ver la capilla, que ha quedado limpísima y aseada. Y nos dan todas las explicaciones. Pero lo mejor viene cuando Pedro nos dice que él ha leido mucho sobre los cementerios de Badajoz, que le han contado de cuando la guerra, de los fusilamientos en las tapias del Cerro del Viento, que él quiere saberlo todo, que lee todo lo que sale en los periódicos sobre el cementerio. Y a renglón seguido se mete en su cuarto y ¡me trae el último recorte de periódico y me lo da!, una carta al director escrita por Juan Fernández García, de Badajoz, sobre lo bien que está el bloque 7, entre otras cosa dignas de alabanza. Y que, por si fuera poco, que ¡navega por Internet! ¡Un enterrador metido en la Red de redes! Pero estoy a punto de desmayarme cuando Emilio, su compañero, nos habla de Antonio Machado, de Rafael Alberti, de la generación del 27... Y con estudios escolares, sólamente. ¡Y que cuenta y no para de los últimos tiempos de Machado, de Leonor, su mujer, y se pone a recitarnos unos poemas de Alberti, de los de temática marinera! ¡Todo de memoria, amigos!
--Pues en casa tengo un libro de poesías, que las escribo a mano, nos dice con sencillez apabullante.
¡Un enterrador poeta! ¿Pero esto qué es? ¿Dónde estamos? ¿Cómo es posible tanta cultura en unos modestísimos enterradores? ¡Y seguro que en Badajoz no lo saben! ¡Y qué limpio lo tienen todo! ¡Y cómo resaltan las flores y los setos de los caminos! ¡Y cómo te llaman la atención los jardincillos y las pequeñas rotondas! ¡Y cuánta cal blanquísima te relumbra en los ojos! ¡Y con qué cariño están cuidando este jardin para la eternidad!
Tengo que mirar el Tocho de Autoridades de Badajoz y ver quién es el/la superintendente de Cementerios de Badajoz. Cosas así no se ven todos los días. Me cuesta trabajo, porque son 10 tomos de 2.000 páginas cada uno, que en Badajoz, autoridades hay por un tubo. Y me voy a la C. Y allí veo que es la concejala Dolores Beltrán de la Cruz. ¡Pues, enhorabuena, doña Dolores! ¡Que tiene usted un personal altamente cualificado y culto! ¡Cuánta categoría humana en esta gente tan sencilla! ¡Si así da gusto, doña! ¡Si es que lo que ocurre en Badajoz no lo hay en otros sitios! ¡Como que a uno no le importaría que le enterraran, cuando llegue la hora, el poeta y el internauta!
--¡Y que estamos aquí para cuanto necesiten!, te saluda a modo de despedida Emilio, el poeta.
--¡Pues aquí tiene mi móvil por si quiere algo de mí!, te suelta Pedro, el internauta, que no se acuerda de su dirección pero promete enviármela.
Gracias, Pedro, gracias, Emilio, gracias por habernos abierto las puertas del Cementerio y las de vuestro corazón. Volveremos a vernos.