O casi. Que es lo que tenemos los que vivimos en Santa Marina, mi barrio, con numerosos edificios de muchos plantas. Pues a mí me gusta vivir aquí, oiga. Tiene su encanto. Vivir entre rascacielos y con los coches aparcados hasta tu mismísima puerta. Pero con casi todo a mano, servicios, comercios, sanidad, educación, oficinas de todo tipo... Signos de los tiempos que nos han tocado vivir. A mi me gusta pasear por las plazuelas que tenemos, al atardecer. Como en la plaza de los Alféreces, que a partir de las cinco de la tarde (y antes de que cayeran los chaparrones) era una delicia ver a decenas de muchachinos jugar y correr entre arreates, jardines y fuentes bien dispuestas. O ver a los pequeñuelos en sus carrirtos de bebé, llevados por sus esforzadas cuidadoras, peruanas y ecuatorianas incluidas. O a muchas parejas de yogurines sentadas en los bancos de hierro forjado, con sus piercings, sus tatuajes, sus móviles y sus vestidos a la última, haciéndose carantoñas y cucamonas o dándose morreos varios. Una gozada. Un oasis de paz y tranquilidad. Relajación que continuaba a la caida del sol, con la llegada de gente joven y madurita, pensionistas y jubilatas, llenando sus veladores y terrazas. O dándote una o más vueltas, como si fuera un pequeño paseo de San Francisco. La parte izquierda de la plaza, según se accede desde la avenida de Villanueva, en sus aceras, toda repleta de gente charlando y tomando sus copas y refrescos. Los locales hosteleros, casi a rebosar: Bocados, La Cabaña del Tío Tom, Lo Nuestro, Cervecería Jopy, La Bodega, Dehesa Santa María y La Heladería. Para todos los gustos y para todas las edades. Lo dicho, a mi me gusta vivir entre rascacielos. O casi.