Pues este mediodía, con tiempo extraordinariamente
benigno, que me cojo el "tubo" de la avenida de Huelva
y me voy para el Centro histórico. Voy a visitar al
director del Museo Provincial de Bellas Artes, Román
Hernández Nieves, allá en su oficina de la pinacoteca
provincial, en Duque de San Germán, a un palmo de la
Ermita de la Patrona, Ntra. Sra. de la Soledad. Hace
tiempo que habíamos quedado en visitarnos y, de paso,
intercambiar algunos libros. Yo llevaba en mi morral
mis dos últimas obras, Badajoz, crónica de sus fiestas
y tradiciones (1998) y Badajoz, Carnaval. Glosario del
Carnaval de Badajoz, 1981-2005 (2005). No conocía bien
a Román, un tipo sencillo y servicial de Torre de
Miguel Sesmero, maestro de escuela en sus inicios,
doctorado en Historia del Arte y director del Museo
desde 1997. Por su porte flemático, sólo le faltaba el
bombín y el bastón para parecer un gentleman inglés.
Pero qué equivocado estaba. Cuando lo he tenido frente
a frente, me ha dado la imagen de un experto gestor
del Museo, muy diferente a la que daban los cuatro
directores que ocuparon el cargo antes que él, todos
ellos, curiosamente, pintores, siendo el primero el
inolvidable Adelardo Covarsí, y el último, Francisco
Pedraja. Algo que habla por sí solo de su gestión --y
es una opinión que vengo manteniendo sin conocerle de
nada--, es que en estos últimos años el Museo ha dado un
cambio que no lo conoce ni la madre que lo parió.
Especialmente por su proyección a la ciudadanía, a la
sociedad pacense, a los colegios y escuelas de la
ciudad. Sin olvidarme de la tarea titánica que ha
emprendido en los últimos tiempos, de poner en valor
la figura y la obra de algunos de nuestros más grandes
pintores y escultores, a través de muestras
antológicas (como por ejemplo, sobre Eugenio Hermoso,
Adelardo Covarsí, Antonio Juez, Manuel Santiago,
Julián Pérez Muñoz, Pedro Torre-Isunza, Félix
Fernández Torrado, Ramón Fernández Moreno y,
próximamente, sobre Jaime de Jaraíz).
Así que, una vez que la química ha hecho sus efectos,
hay tiempo para que me cuente de sus proyectos, de sus
investigaciones inmediatas, del comisariado de Exposiciones,
de la tarea de difusión que tiene entre manos para el próximo curso, de la impresión que se han llevado en el Museo del Prado
madrileño al conocer el imponente Catálogo del Museo,
obra capital de Román. Y, cómo no, de maestros y de
escuelas, de libros, de su pueblo, de su trabajo y,
¡faltaría plus!, del Avisador. Porque Román es uno de de los
"adosados" distinguidos de este invento. Y es lo
primero que hace bien temprano, leerse el periódico y
consultar los correos del Avisador.
--Pues aquí tienes mis libros, que te los prometí, le
suelto de sopetón.
Y el Román que, raudo, se levanta y se va a su
biblioteca. Y me trae el tocho más grande que uno ha
visto en su vida.
--Toma, el libro que te guardaba.
¡Dios santo! ¡El Catálogo de Pinturas del Museo
Provincial de Bellas Artes de Badajoz, del propio
Román! ¡Un tocho de 780 páginas, magníficamente
editado por la Diputación en 2003, con centenares de
fotografías, amén de una exhaustiva información de
autores y obras! ¡Toda la pintura del Museo! ¡La
Biblia romanhernandeziana! ¡Un lujo total, hermanos!
--¿Tú libro más importante?, le sonsaco.
--Pues no, hijo, para mí el más importante es éste.
Y me pone por delante su tesis doctoral, Retablística
de la Baja Extremadura. Siglos XVI-XVIII, editada por
la UNED en 1991, otro tocho de 625 páginas.
--Quédate con ella, te regalo este libro también.
Hoy es mi día de suerte, me digo a mi mismo.
--Pero ya tengo preparada la segunda parte del
Catálogo, que versará sobre la escultura del Museo, te
suelta de nuevo el baranda.
--¿Quéeeee...?
--Y habrá una tercera sobre el resto de los fondos del
Museo, mobiliario, azulejería, heráldica, lámparas...
--¿Cómoooo...?
--Es que en el Museo, que fue fundado en 1920, tenemos
depositadas y catalogadas más de 1.200 obras, correspondientes
a 354 artistas, todo producto de adquisiciones, donaciones y legados, te dice con aplomo el de Torre de Miguel Sesmero.
¿Y este muchacho cuándo va a parar?, me digo de
nuevo. No había terminado de decirlo cuando va el Román y me
da el golpe refinitivo.
--Anda, llévate este otro libro también, sobre el escultor
Pedro Torre-Isunza, un hombre que fue muy generoso con
el Museo, al que donó más de cien obras suyas.
¿Pero qué día es hoy? ¡Si todavía no es mi cumpleaños!
¡Pero si el morral ya no da más de sí! ¡Y el tocho del
Catálogo pesa más de siete kilos!
--Espero que tu puerta esté siempre abierta cuando
venga, quiero conocer a fondo el Museo, le digo antes
de irme, como despedida.
Y el Román, con una ancha sonrisa, que te suelta:
--Ya sabes, ¡no pierdas la verea!
Procuraré no perderla, me digo, pero con los tres
tochos en el morral, no tengo más remedio que hacer
unas "paradas" en el camino de vuelta para recuperar
el resuello. Una, en la nueva taberna Santina, en la
calle Francisco Pizarro, y la otra, en el kiosco de
los Martínez, en San Paco bendito. Menos mal que vino
Pili, la parienta, a echarme una mano, que si no... En
la espera, tuve tiempo de celebrar la amistad y los
libros saboreando un buen payva A. R.