1 de Septiembre, 2005
¡La Granadilla, qué maravilla!
Con ripio y todo. Pues ayer, al caer la tarde, que me pasé por las instalaciones deportivas de La Granadilla a ver a mis muchachos, que están haciendo la pretemporada en los distintos equipos de la Asociación Pacense de Balonmano (APB), y ya al entrar me llevé una sorpresa: en los aparcamientos no cabía un alfiler, como si fuera utuve que ideármelas para aparcar bien lejos de la entrada. --¿Pero qué pasa aquí hoy? ¿Entrena la Selección Española, el Real, el Barsa...? ¿Un concierto de mi Manolo García?, me pregunté todo seguido. Con que entro y no era tal, pero me maravillé del espectáculo que vi, con centenares de chavales de todas las edades y gente madurita haciendo ejercicios físicos a cual más dispar. Con que me costó trabajo encontrar a los míos, que estaban bien al fondo. Hay que estar en forma, la temporada para los equipos modestos de Badajoz está a la vuelta de la esquina y hay que sudar la camiseta. Las instalaciones, con iluminación extraordinaria, en perfecto estado de revista: el campo central de césped, las pistas de atletismo (una gozada), los campos adyacentes, las pistas, incluso había muchachos que utilizaban las rampas de acceso para sus ejercicios. Salí rejuvenecido y me alegré por los jóvenes de ahora, que tienen a su disposición unas instalaciones que nosotros, cuando mozos, no pudimos soñar nunca. Pues mi enhorabuena esta vez al baranda de Deportes del Ayuntamiento pacense, Miguel Ángel Rodríguez, y a la gente de la FMD, que tienen La Granadilla que da gloria verla.
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¡A la rica mudanza!
Ya sabemos que estos días de septiembre, días de trajines y vuelta al trabajo (el que lo tenga, claro), a los distintos quehaceres, son propicios para las mudanzas, de gente que viene y que va, y que, naturalmente, debe trasladarse con sus pertenencias, con sus muebles, con sus enseres hogareños, con perro, gato y canario incluido. Como es el caso de la mudanza que anteayer tuve ocasión de contemplar in situ en uno de los pisos altos (el 6º, para más señas) del edificio de San Isidro, en la trasera de la calle de su mismo nombre, y que da justo frente a mi terraza. Pues como decía, estábamos tan ricamente sentados mi parienta y yo tomando el desayuno con café, tostadas, paté y mermelada, cuando vimos absortos cómo una grúa subía una vez y otra decenas de muebles pequeños y cajas embaladas. Un hombre abajo y otro arriba, dentro del piso, se bastaban para vaciar un enorme camión de mudanzas, mientras la propietaria se lo pasaba divinamente, sin romper un plato siquiera, contemplando el panorama. Viendo este traslado, se nos vinieron a la mente los tres cambios de domicilio que tuvimos que hacer mi parienta y yo, uno en Almendralejo, otro, ya en Badajoz, en la calle Fuerte, y el último, en el domicilio donde vivimos actualmente, en Saavedra Palmeiro. Y todo, a golpe de riñón y/o de ascensor comunitario, oiga. Nada de grúas ni de otras zarandajas. Así que a los traslados les temíamos más que a una calentura. Y es que el mundo, la tecnología, ha avanzado que es una barbaridad. Lo que me alegro. Aprovecho la ocasión para hacer mención de la casa de mudanzas que hizo la faena por si alguno-a la necesitara estos días. Que nunca se sabe. Pero antes tengo que decir que no conozco de nada a sus propietarios, la empresa se llama Mudanzas Extremeña (así, en singular), tiene su sede en Badajoz, en la avenida de José María Alcaraz y Alenda, 35, 7º A y el teléfono es el 924.802783. De nada y a mandar.
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In memoriam
Como todos los años, en verano, durante las vacaciones, se van de forma inesperada amigos o conocidos más o menos próximos, que te dejan con el corazón encogido, máxime cuando estás fuera de Badajoz pasando tus vacaciones. Sientes en el alma que un miembro de tu comunidad se haya ido para siempre. En mi caso particular, quiero traer aquí la memoria de tres personas: Fernando Falero Pérez, conocido ATS, pero más conocido por su anterior profesión de árbitro aguerrido de la Segunda División de fútbol hace 20 años, cuando los jugadores no se andaban con chiquitas para cazar los tobillos y las rodillas contrarias. Otra es Fernando Tomás Pérez González (hijo del que fuera eximio maestro de escuela y escritor don Fernando Pérez Marqués), profesor de Instituto, investigador y editor, que regía los destinos de la Editora Regional desde hace, creo, unos diez años. Y la tercera, Carlos Chavero, maestro de escuela jubilado hace pocos años, compañero de tareas y vecino de barrio, en Santa Marina, donde vivo. Un encanto de persona abierta, servicial y de gran categoría humana. A sus familias y a sus muchos amigos, mis más sinceras condolencias.
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