11 de Julio, 2005

Paseo nocturno por los Puentes del Guadiana

Por El Avisador - 11 de Julio, 2005, 18:43, Categoría: General

Ayer domingo, después de la última misa en San José,
Pili y yo nos atamos los machos y nos pusimos en
marcha. Había que meterse en el corazón de la "Ruta
del colesterol", ruta de las más concurridas de la
ciudad pero que no figura en folleto turístico alguno.
Clara "discriminación" frente a otras Rutas no menos
interesantes: de los Bares, del Tapeo, del Comercio,
de los Mercadillos, de los Conventos, de los Puentes
del Rivilla y el Calamón, etc., etc. Así que cogimos
por la Avda. de Antonio Masa y cruzamos por la Peugeot
y el Banco de España (pedazo de edificio, obra de Rafael Moneo,
no lo olvidéis), en dirección a la Barriada de La Paz.
Barriada con callejero hispanoamericano (Avenidas del
Perú, República Dominicana, Chile, México, Guatemala,
Puerto Rico, Ecuador, Venezuela...). Yendo por la del
Perú, que vemos un pichón de paloma con problemas para
moverse. Parecía herido en un ala. Quise cogerlo, pero
que si quieres arroz, Catalina. Que se dio un volantón
casi a ras del suelo y me quedó con dos palmos de
narices.
Más adelante saludo a Pedro Antonio Correa hijo del
que fuera popular y bondadoso bombero Antonio Correa
"Mistol" o "Avecrem", ya fallecido, apodo este último
que le pusieron porque siempre estaba metido en todos
los "caldos". Pasamos cerca de la parroquia de San
Juan Macías, moderna y funcional como tantas, que,
como nota original, se ha construido un campanario
esquemático con vigas de acero ¡en el mismo atrio de
la iglesia!
Un poco más allá entro en el Bar Cecilio, el de la
Asociación de Vecinos del barrio, a comprar agua.
Mientras espero que me despachen la botella, un
parroquiano que me mira fijamente y me dice:
--¡Cuidado, no se mueva, tiene usted una abeja en el
hombro!
--????????
--¡No, es una avispa!, dice uno.
--¡Que no, que es una abeja!, dice otro.
Y yo, inmóvil, esperando acontecimientos, pues no la
veía. Así que el vecino agarró y le dio un manotazo al
bicho y lo espantó.
--¡Uff, qué alivio!, me dije.
Les dí las gracias y continuamos la marcha, ya con el
Puente Real a la Vista. El llano del Mercadillo, a esa hora
de la noche, está ocupado por paseantes con sus perros
holgazaneando un poco. En esto que vemos golondrinas
y murciélagos, unas recogiéndose y otros, saliendo a
lo suyo, en busca de insectos.
--Pues me está saliendo hoy un tratado de zoología
urbana, me digo para mis adentros con tanto bicho de
protagonista.
Con el olor penetrante a humedad cercana, a ribera y a
plantas lacustres, entramos por el Puente Real camino
de la otra orilla. Mirando según la marcha, a la
derecha, comienzan a verse grandes isletas pobladas de
árboles y una densa vegetación. El puente está
semiiluminado, pues tanto los focos del exterior
(margen derecha) como los cenitales, también de la
derecha, están apagados. A media luz, vamos. Contamos
las tirantas, 28, mientras oímos a las ranas , a los
patos y a los murciélagos (capítulo II de zoología
urbana guadianesca; estoy por escribir un libro),
mientras pensamos en los muchos padres putativos que
tiene Badajoz (la Junta de Extremadura, en el caso de
este Puente) y en lo abandonado que lo tienen. La
gente utiliza este carril más que el otro, y según nos
vamos acercando a la otra orilla vemos unas señales de
tráfico luminosas y otras tradicionales (50 kilómetros
por hora como velocidad máxima) que los vehículos que
circulan a esas horas (algo más de las diez de la
noche) se las pasan por el forro de sus caprichos. Ni
puto caso, oiga.
Un poco más adelante vemos las obras adelantadas del
nuevo Tanatorio de Badajoz, que construye Funeraria La
Nueva. Los tiempos cambian y de morir y velar en casa
a nuestros muertos hemos pasado a morir en los
Hospitales y a que te velen e incineren en estos modernos
habitáculos de servicios mortuorios a la carta.
Modernidad se llama esta figura.
Un poco más allá, dos potentes focos luminosos en la lejanía
te anuncian que estamos en las proximidades de la
Residencia Infanta Cristina (a la izquierda), lugar
donde el tiempo parece detenerse, y MacDonald's, la casa de
comida rápida, otro signo de vitalidad y modernidad.
Con que pensamos tomar algo en este MacDonald's, que
ya llevamos algún tiempo andando. Llegar, ver y salir
por donde habíamos entrado, fue casi una misma cosa.
El local estaba lleno hasta la bandera y las colas
eran interminables ante las Cajas. Así que nos
resignamos y más allá, en el Bar-Restaurante El Cebón
(seguimos con el bicherío), paramos un rato y nos
tomamos unas cervezas. Al rato, levantamos el campo y
dejamos atrás la encantadora urbanización de Jardines
del Guadiana, aunque muy sucia en la zona que linda
con la avenida. Pero nos da tiempo de tomar nota de
algunas leyendas murales, alguna de ellas antológica.
Como ésta: "Sigo desvirginando (sic) paredes", al lado
de uno de los horrorosos grafitis tan comunes hoy día.
Otro, ya se entiende mejor: "¿Dónde está el
carril-bici?". Frente a la gasolinera se divisa en
todo lo alto una cruz destelleante, en varios colores,
a modo de faro en tierra adentro: es la señal "urbi et
orbe" de que metros más abajo está la popular farmacia
Doncel, la de Las Moreras.
A la vista del Puente de la Universidad, nos jugamos
la vida al cruzar por uno de los lugares más
peligrosos de Badajoz (a pesar del paso de peatones,
las señales y todo) y llegamos a los dominios del
Hotel Río y del novísimo Casino (extraordinaria
fachada de corte modernista, conjuntando hormigón,
cristal y agua). Echamos un vistazo, nos hacemos de
unas revistas y nos quedamos a tomar unas copas en el
Bar del Restaurante, donde, al fresquito de un aire
acondicionado fetén, nos damos un homenaje y nos
tomamos unas cervezas que nos saben a gloria.
Repuestos como Dios manda, de nuevo cogemos el "tren
de San Fernando" y enfilamos el puente de la
Universidad en dirección a Santa Marina. Por el camino
hay tiempo de disfrutar de la vista extraordinaria de
la ciudad, del puente Viejo, del Paseo fluvial, de sus
luces y sombras, reflejadas en las tranquilas aguas
del Guadiana. Mientras, a la diestra, el Puente Real,
a media luz, parece un puente sin personalidad, sin
encanto, sin luz...
Dos horas y media después aterrizábamos en nuestros
lares, felices y contentos de habernos dado un buen
garbeo por los Puentes de la ciudad, atravesando en
ambas direcciones nuestro río, nuestro incomparable
Guadiana.

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